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Texto de Pablo Antschel/ Fotos de
ULM Creative
Como una suerte de Odiseo argentino,
Héctor Rolotti viene probando
desde 1991 una fórmula que
siempre, cual gallináceo de
progenie aurífera, termina
por imponerse. La idea parece ser
la de imitar las conductas hispanizantes
de los adelantados del siglo XVI:
antes de que un distrito se ponga
de moda, el señor Rolotti iza
la bandera de uno de sus restaurantes
Novecento. Pero en vez de cruces y
vírgenes de la hispanidad planta
un concepto preciso, definido como
argentino cool. Lo hizo por primera
vez en el SOHO neoyorquino (343 West
Broadway), hace 12 años. Impuso
allí, primero como café
y luego como bistro, el primer Novecento.
Unos años después, de
vuelta lo mismo. Pero esta vez en
el barrio de Las Cañitas (Báez
199, tel: 4778-1900). El público
acompañó, igual que
aquella primera vez. Y luego, sucursal
en Martínez (Libertador 14186,
tel. 4792-3829): gran éxito.
Creo que la estratagema es transparente.
Allí donde los otros restaurantes
apuestan al exotismo, interpretando
a gusto y piacere las precisas reglas
de cocinas distantes y exóticas
(papua, mongol, ucraniana), Novecento
planta una contundente Bondiola de
cerdo con salsa de ciruelas y vino
tinto y derrota. Es, por lo menos,
elogiable.
Ahora, cómo lograron progresar
tanto es algo que escapa a los cálculos
de la microeconomía: no se
trata tanto del desequilibrio superavitario
entre costo fijo e ingreso neto. Más
que con la microeconomía, el
éxito de Novecento tiene que
ver con la alquimia o algo así.
No es por ser exagerado. Pero los
espacios vacíos -donde podrían
funcionar, en potencia, tanto boutiques
de joyas falsas como megatiendas de
rulemanes e insumos metalúrgicos-
cuando abren bajo el nombre de Novecento
se transforman en otra cosa. ¿Microclimas?
Quizás. En algo así
como microclimas donde la misma música,
la misma calidad en la cocina (una
acertada amalgama del estilo francés,
estadounidense y argentino) se adueñan
del comensal y lo colocan en una atmósfera
diferente. ¿Me siguen? Una
atmósfera. Ciertamente propicia
para que uno se siente ante el plato,
lo mire y diga, en principio: Ajá.
Lo que pasa luego suele ser placenteramente
difuso. Pudo comprobarse en una encuesta
informal que el personal de esta empresa
(El Planeta Urbano) efectuó
entre sus empleados. Luego del latiguillo
de reconocimiento (el expresivo ajá)
todos coincidieron en que no se pudo
distinguir dónde terminaba
el sabor de tal o cual preparación
y comenzaba el sonido de la música.
Y esto ocurrió tanto en Miami
como en Punta del Este. A propósito,
el sexto local de la cadena, en el
1080 de la Alton Road, en Miami Beach,
es un claro ejemplo de esto. De la
atmósfera, digo. De cómo
una idea clara y sencilla beneficia
la uniformidad en la calidad de todos
los factores que componen un restaurant.
La atención a la materia prima,
así como esa conocida estrategia
pasiva-agresiva de los restaurantes
clásicos -añadir toques
personales e innovadores a preparaciones
súper tradicionales-, se comprueba
también en Miami.
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