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Texto de Paz Dubarry / Colaboración
desde Berlín Fabio Borquez
Un restaurante extraordinario, donde
la oscuridad oficia de anfitriona
de los sentidos para disfrutar de
aromas y texturas en comida de altísima
calidad. Cuando se apaga la luz, se
enciende el paladar.
Berlín después de la
guerra se ha convertido en una ciudad
extraña. Y extravagante. La
modernidad convive con la historia
y hace de sus habitantes personas
complejas. Y creativas. En esta ciudad
reconstruida con ansias encontramos
en todos los ámbitos de la
vida propuestas diferentes, eclécticas,
distinguidas. Y sorprendentes. Como
este restó tan particular que
se merece que desde el confín
de otro continente lo mencionemos
en una nota.
Pueden ser las ocho o las diez de
una noche cualquiera en verano, otoño,
invierno o primavera. Puede uno decidir
deleitarse con una carta sutil y elaborada
que colma todos nuestros posibles
anhelos y expectativas. Puede uno
tomar un taxi, o el subte para llegar
hasta ahí. Pero no puede uno
ver hacia dónde se dirige la
moza, ni cómo luce, ni cuál
es la decoración o la mesa
en la que se dispone tan exquisito
banquete. Porque en la ciudad de las
extravagancias, este restó
nos propone vivir la experiencia de
la oscuridad. Y en el más literal
de sus sentidos. Aquí además
de disfrutar del banquete nos vemos
forzados a disfrutar de todos nuestros
sentidos. Excepto del de la vista.
No hay que tener miedo. Entramos
por una puerta que no es la principal
y que pareciera intentar mantener
en secreto todo lo que adentro sucede.
Una voz amable nos pide que apaguemos
cualquier tipo de artefacto que pueda
llegar a destellar luz. Entonces nada
amenaza ya la lograda oscuridad. Ni
siquiera el menú, que utilizando
metáforas relacionadas con
la vida social y política alemana,
logra evadir con gracia la imaginación
más literal. Solo un título
complejo y abierto a demasiadas posibilidades,
nos dará un ineficaz adelanto
del banquete que deleitará
nuestros paladares. Dulces voces encantadas
nos guían en esta extraña
ceremonia. Nos dicen dónde
ubicar el vaso, nos cuentan dónde
están los cubiertos y cómo
llegar de la propia mesa al toilet
y a la puerta de salida.
En la oscuridad uno percibe con mayor
profundidad la comida, al potenciarse
otros sentidos, especialmente el del
gusto. Y la degusta como nunca antes
podría haberlo hecho. Porque
los sabores penetran en el cuerpo
y nos despiertan todo aquello que
teníamos adormecido por falta
de uso. Entonces las carnes, los dulces
y los vinos se descubren con todas
sus propiedades. Podemos detectar
las texturas, los aromas y todo aquello
que nos era ajeno.
El silencio, entonces, resulta casi
obligatorio. Porque ésta es
una experiencia privada. Cada cuerpo
se entrega de los modos más
diversos a esta aventura. Y no es
necesario decir nada. Porque el recuerdo
de esta celebración quedará
grabado a fuego, como el resultado
inesperado de la ceremonia menos pensada.
Los precios son elevados, es cierto.
Pero el turismo nos permite indulgencias.
Y llegar a Berlín, con todo
lo que eso implica, justifica por
sí solo lo lujoso de esta experiencia.
Restaurante Oscuro debería
convertirse en un paraje obligatorio
para todas aquellas almas que se atreven
a ponerse a prueba. Y a disfrutar
-que aunque falte la luz el fin del
mundo está lejos- porque hacer
de lo más cotidiano algo extraordinario
merece la pena…
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