Helmut Ditsch  


Clásico y moderno

Vive en un castillo y maneja una Ferrari amarilla por las calles de Dublín. Pinta montañas, bosques y lagos, pero dice que no son paisajes. Para él su trabajo es captar el aura de los lugares para luego reproducirlos en su atelier y convertirlos en “momentos de intensidad”. Afirma que está adelantado 20 años y que la mayoría de los galeristas “son buitres”. Cómo es y qué piensa uno de los artistas argentinos que mejor se cotiza.

Por Agustina Fernandez / Fotografía: Estudio Ditsch

 El hecho de que sus obras se vendan en unos cuantos miles de dólares más que las de Berni (hasta el momento el artista argentino mejor cotizado) no es su único mérito. Lo comparan con Vermeer de Delft, el pintor holandés del siglo XVII (“Nuestras similitudes se encuentran en el trato de la luz, ambos sabemos pintarla”, dice Ditsch sin rastros de modestia). Pero Vermeer no es su artista preferido. Elige al alemán Caspar David Friedrich, que se inscribe en el romanticismo de fines del siglo XVIII y principios del XIX.

No es de extrañar que este artista “moderno” tenga en un pintor romántico su máximo referente. Es que este pelilargo de cabellera platinada y cuarenta y dos años, por más moderno que parezca, resulta ser un artista del ayer con todos los ingredientes del hoy.

Y si del ayer se trata, Ditsch no olvida sus orígenes. Desde hace dieciséis años vive en Europa, donde triunfó. Pero es argentino, de Villa Ballester para más datos. “Al rememorar mi niñez en la Argentina aparecen muchos recuerdos. Me invade un aluvión de imágenes, aromas y la sensación de haber vivido intensamente. Pero el Ballester de mi infancia ya no existe, se quedó en el tiempo junto a mis juguetes y a ese mundo que no conocía ni el temor ni la resignación”.

Jura y perjura que nunca quiso irse de su país (“ Sigo siendo un argentino adicto al mate, que sufre la lejanía y sueña con volver”, dice), pero reconoce que no le quedó otra alternativa para poder progresar. “Sentí que no debía estudiar pintura en la Argentina, que mi carrera de artista no sería típica, entonces comencé a escalar montañas. Esa fue una de las escuelas más importantes que tuve en mi vida. Mi camino iba por lugares altos y lejanos. Supe que debía irme. Una vez en Europa, me presenté al riguroso examen de ingreso de la Escuela de Bellas Artes de Viena y me aceptaron. En ese lugar descubrí las viejas técnicas de la escuela holandesa. Viena era la última academia donde se guardaba esa sabiduría y me sirvió para perfeccionar lo emprendido. Allí también descubrí que estaba solo con lo que hacía, que nadaba contra la corriente. Nadie sabía que me estaba adelantando 20 años en el tiempo”.

Nada convencional

Si bien su presente holgado le permite disfrutar de algunos lujos como manejar una Ferrari amarilla o vivir en un castillo en la isla irlandesa de Dublín , asegura tener una vida solitaria y austera. Una vida prácticamente dedicada a su obra. “Vivo de mi arte, jamás gané mi pan con otra cosa que no fuera la pintura, pero nunca pinté por dinero. Los primeros trabajos los vendía para poder comer y nunca imaginé que algún día me pagarían tanto por algo que me apasiona y me resulta fácil de hacer”.

Para él su mayor extravagancia es no moverse en el mundo del jet set. “La mayoría de los galeristas son buitres. Ser libre e independiente me significa mucho más que trabajar atado a una galería. Hoy tengo mi propio equipo y solo expongo en museos”.

Para mostrar sus cuadros organiza reuniones en su casa con la ayuda de Marion, su mujer austríaca. Ambos se encargan de llevar un registro con el seguimiento de cada una de sus obras. “Me interesa saber quién vive con ellas. Si la persona tiene mala onda no le doy mi trabajo, pero eso pasó dos veces de trescientas cincuenta que vendí”.

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