HISTORIA DE LA MIERDA: TU ARTE, TU CACA  

Texto de Mariana Riveiro

Antes de que a los reyes franceses se les ocurriera prohibir el acto de cagar en público, la materia fecal ambientaba la vida cotidiana de monarcas y mendigos. El teórico francés Dominique Laporte dedicó una obra al estudio cultural de la relación del hombre con sus propios desperdicios. Y te la presentamos YA.

Estamos en el siglo XVI: París es una ciudad creciente que preanuncia, con la belleza de su arquitectura y el progresivo desarrollo del comercio, todo el esplendor de la Francia imperial. La burguesía da los primeros pasos en su consolidación como clase social distinta de la nobleza y el campesinado. Hermoso escenario. Excepto por el olor a mierda. Sí, y por los excrementos acumulados en las puertas de las casas, desparramados por las calles por la gente que, sin ningún pudor ni ley que los detuviera, defecaba en público. París era una cloaca.

Desde este punto arranca Histoire de la Merde, un libro del psicoanalista francés Dominique Laporte, el cual, luego de una reciente traducción inglesa, está revolucionando la vida en los claustros de las universidades norteamericanas. Recubierto en terciopelo negro, adornado con ribetes dorados, el elegante volumen de History of Shit se basa en un tópico tan original como polémico: la idea de que existió una fuerte relación entre los intentos de la monarquía francesa por depurar la lengua y erradicar las excrecencias humanas de los espacios públicos.

El libro de Laporte inicia su recorrido escatológico con el análisis comparado de dos edictos promulgados en el año 1539. El primero regulaba la manipulación de excremento; el segundo obligaba a la depuración del lenguaje. A partir de entonces quedó atrás toda una época en la que el acto de defecar era un asunto festivo, no precisamente investido de vergüenza, que podía estar vinculado incluso con el paisaje cotidiano del Palacio Real. Según este psicoanalista, antes de que fuera promulgado el edicto, los reyes franceses recibían a sus lacayos y asesores en enormes y lujosos baños. Allí se celebraban reuniones en las que se dirimían cuestiones vitales de la alta política, y duraban tanto como el rey tardara en defecar. A nadie perturbaba tal situación que, por el contrario, resultaba natural y hasta solemne. Hasta entonces, el acto de mover el vientre era público.

Pero en 1539 fue promulgado un edicto que finalizó con el reinado de la caca: “Todo posadero o propietario debe, todos los días a las seis de la mañana y a las tres de la tarde, limpiar la puerta de su casa y amontonar contra la muralla los lodos o todo tipo de inmundicias; o bien los pondrá en un cesto u otra cosa esperando a que el carro pase”.

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