JUAN KANCEPOLSKI: La elocuencia del infinito

Texto de Sergio Varela

El arte tiene la posibilidad, el privilegio -acaso el deber- de mostrar, tal vez revelar (o "rebelar") los intersticios, los matices ocultos de aquello que cotidianamente se entiende por realidad. En tiempos implacables para con la sensibilidad, tiempos que priorizan la estrategia a las pulsaciones y las pulsiones, el grito de batalla al susurro erótico, las armas a los teoremas, tiempos en que la mirada colectiva sucumbe hipnotizada en masa al constante devenir de un "videograph" de televisión recorriendo el pie de las imágenes de un lado a otro de la pantalla, recorriendo el mundo para sellar mensajes en la mente del observador incauto. En estos tiempos difíciles como los del poema de Brecht, la obra de Juan Kancepolski adquiere una dimensión insoslayable, oportuna en su riqueza invaluable de una suma de detalles que ofician como salvoconductos para una lectura visual impulsada por la más amplia y absoluta libertad de interpretación por parte del espectador.

La superposición danzante de formas y texturas compone una inspirada partitura de sorprendentes acordes de colores y perspectivas, en un laberinto amable donde nada es lo que parece y todo parece lo que es. Kancepolski, en cada uno de sus óleos plenos de un paradójico movimiento que detiene el tiempo en un instante irrepetible, deviene portavoz, profeta, emerge como artista singular que comunica parábolas en imágenes, pero que al mismo tiempo transmite mensajes que no necesitan de traducciones complejas, sino que se "escuchan" en el plexo, que embriagan con la suave complacencia del "mareo de tierra" luego de un viaje en barco, y que a la vez, desde una cierta apariencia onírica, en realidad despiertan zonas inexploradas de la capacidad de apreciación de los pliegues más intrincados de la percepción. Otra sutileza, emparentada directamente con la celebración, es su capacidad para "pintar nuestra aldea" con una paleta de alcance universal, subrayando la identidad nacional con el "foco" de un observador ajeno, pero enamorado de lo que ve. Su +Homenaje a Buenos Aires+ (página par) resume, condensa y a la vez enciende rasgos, acentos, nostalgias y comprobaciones, que movilizan emociones en las que el ojo y la mente se convierten en simples palillos de ese instrumento de percusión de lo más humano de lo humano llamado "corazón" o "alma".