Miguel Panarisi  


El sueño continuo de un inocente

La obra de Miguel Panarisi invita al disfrute más que al análisis, no elude la reflexión, pero parte desde los sentimientos y las emociones. Arte para sentir más que para entender; su tratamiento de las escenas destaca que cada detalle es mucho más que un detalle, es un cuadro en sí mismo que se multiplica al infinito hasta conformar “el” cuadro. En sus aventuras de final feliz más experimentales, esa experimentación no imprime ninguna dificultad extra ni necesidad de traducción visual, antes bien por el contrario, este dúctil pintor concibe una obra que parece decirnos “sory, chicos, ésta es una fiesta privada entre el cuadro y el observador”.

Provoca las reacciones intuitivas que debe provocar toda obra pictórica: acaso como consecuencia de su experiencia como discípulo de la pasional Alicia Scavino, y también como resultado de su confianza en su propia intuición. Al emprender la aventura del cuadro, Panarisi confiesa que “en general trato de no responder a técnicas ni estilos. Trato, en lo posible, de hacer que salga lo que tenga que salir y de la forma que quiera salir. Mis obras son como mapas personales. Aparecen muchos elementos que tienen que ver con mi vida. De alguna manera el cuadro va pidiendo cierta presencia de elementos...”. Y Panarisi se deja llevar y después nos invita a pasear por ese “sueño continuo de un inocente” (el título de una de sus obras) que despierta la contemplación de sus creaciones.

El uso de metáforas simples, como una cama desarreglada -o convenientemente arreglada después de uno de sus usos más celebrables- a la que compara con la orilla del mar; una pareja madura sentada en una fuente de la Plaza de Mayo retratada con el tono y la emoción de una postal, o una foto familiar en color sepia, sus fascinantes incursiones por formas un poco más abstractas, pero que deparan una hipnótica sencillez (como un traguito de cerveza o un cigarrito a las siete de la tarde escuchando a Massive Attack), aportan elementos para gozar despierto de esa plácida lucidez visual. En pocas palabras, como el mismo Panarisi lo explica: “Cuando uno sueña se convierte en una persona inocente”. Y cuando uno ve sus cuadros, sueña.