Garcia Uriburu


Movimiento perpetuo
Por Sergio Varela

Un cuadro de este notable artista argentino despliega en el espectador sensaciones que exceden las fronteras de la pura -¿mera?- razón encorsetada, y se disparan, en cambio, hacia el embriagador territorio de las emociones. Allí, cada imagen, cada punto de color de la obra de Rojo propone -desde el movimiento desatado, festivo, libre, imbuido de una visceralidad tan exultante como glamorosa-, una excusa para el deleite mezclado con el asombro, una jauría de percepciones similar a lo que se siente al escuchar los acordes iniciales de una canción de Edith Piaf, de Jaques Brel o de Charles Aznavour, el perdurable sabor y la textura de una ostra fresca regada con limón, una copa de vino impetuoso como la piel anhelada, la memoria inmediata de un orgasmo impostergable (o postergable al infinito), un sueño con destino de relato, entre otras celebraciones íntimas dignas de ser incluidas en los personales decálogos -como el famoso monólogo de Woody Allen- de aquellos motivos por los cuales la vida merece respirarse a todo pulmón, con el énfasis y la convicción de que cada día puede convertirse en una leyenda indomable.

Desde su identidad creativa forjada a nombre de poeta erudito y apellido de color encendido, Octavio Rojo dispone sobre la tela un ritmo visible, un "tempo" absolutamente individual, reconocible, poblado de colores, formas y trazos ligeros pero a la vez intensos, aunque no necesariamente reflejados a imagen y semejanza de lo que la vida expone a la simple vista, sino como una vista simple (acaso la más compleja de todas) de lo que la vida podría ser, de lo que sugiere a quienes permanecen atentos a sus facetas menos obvias, menos reglamentarias y, desde luego, más sorprendentes y lúdicas. Observar esta obra propicia un juego donde el azar no figura en la lista de invitados; una panorámica existencial en la que, en cambio, el espectador es convidado a participar de una expresión "librepintante" que lo impulsa a dejarse abrazar por cierta actitud previa de una levedad casi infantil (probable, o casi seguramente, otro desafío para el alma y el ojo).

El repertorio temático de este pintor dotado de gracia y estilo, contagia un estado de ánimo ajeno, contrapuesto y poco menos que desafiante frente a los parapetos de la pasión, al escepticismo-por-las-dudas o a las poses teñidas del invisible color del cinismo (esa languidez cultural tan parecida a la nada, pero a la vez tan aceptada por inercia, quizás como difundido camuflaje del miedo a vivir).

Octavio Rojo no sólo pinta: podría inferirse, metafóricamente, que grita, baila, canta como un poseído de sí mismo; cada detalle y cada uno de sus óleo-pasteles deparan una desmentida de las respiraciones artificiales de la cotidianidad, ofrece extensiones que se extienden mucho más allá de los paisajes, el sonido de un mundo latente detrás de las apariencias, como quien descorre un telón y del otro lado se encuentra con las "rojizas" arenas del Mojave o con un mar eufórico porque le ha llegado la hora de la tempestad. No es de extrañar que su obra haya impactado a los amantes de la pintura en una galería llamada "Sevilla, Espacio de Arte". Porque Rojo propone un arte tan desmesurado como las expansiones de alegría o de tristeza a las que son proclives los andaluces: una cita conmovedora con el don del disfrute.