Garcia Uriburu


Arriba los de abajo
Por Sergio Varela

Es arquitecto y pintor, pero sobre todo es un transformador del mundo. Nicolás García Uriburu es un arquitecto de la sensibilidad, y un pintor, quizás el más inspirado, de los deseos más apasionados del inconsciente colectivo de los argentinos.

Es un transformador del mundo en un plano simbólico, a través de sus -literalmente, y en el mejor sentido de la palabra- "subversivos" mapas donde el Sur no sólo existe, sino que corona la imagen superior de los cuadros (contraviniendo la convención "Norte arriba-Sur abajo"); y de sus célebres "intervenciones" sobre las aguas de los canales de Venecia, a los que inundó de arte pintándolos/convirtiéndolos en obra humana (merecido homenaje a esa ciudad donde la Naturaleza y la arquitectura ensamblan a la perfección en un apareo estético prodigioso, mágico, pocas veces repetible en otros rincones urbanos del planeta). Es un transformador del mundo cada vez que un 9 de julio planta un árbol en la porteña Avenida 9 de Julio. Y es un artista iconoclasta y sutil que se desmarca de todo precepto cada vez que transforma los colores en texturas (en un círculo existencial lógico y a la vez sorprendente: de la naturaleza devenida arte -Venecia-, al arte como naturaleza- sus mapas y su preocupación, pionera, por la ecología). Es un transformador del arte, un arquitecto del mundo, un pintor de las transformaciones de la Humanidad.

Generoso a un extremo poco usual entre sus colegas, impulsa desde diferentes Museos y Galerías la memoria del arte precolombino tanto en Argentina como en Uruguay, con una pasión que excede el rol de curador y lo inscribe en la categoría de transformador del mundo a través del estímulo del buen gusto y el paladar visual del público. Su obra es indisoluble de su vida, acaso porque su obra trasunta vida en cada detalle, y sobre todo en cada concepto. Donde había un canal de agua, hubo una obra de arte, una "instalación fluvial"; donde había un Norte hay un Sur, donde había un espacio vacío hubo un arbol (miles de ellos, en rigor de verdad, implantados con el mismo rigor, placer y talento que cada uno de sus cuadros).

Por eso, Nicolás García Uriburu ha expandido los extremos de sus actividades, ha explorado, como un surfer, un buceador incansable, las aguas más tempestuosas del arte impredecible, como -paradójicamente- debería ser el arte de acuerdo a las predicciones. Ha evadido con cintura de wing de rugby los preceptos del arte, cuyos "reglamentos" deberían comenzar por esa "desobediencia debida". Ha construido una obra que pinta su aldea con acento universal desde décadas antes de que se acuñara la palabra "globalización". Por eso, Nicolás García Uriburu, cada vez que empuña un pincel (aunque no sea ésa la única manera en la que hace arte) es mucho más que un arquitecto y un pintor. Es, como el personaje de la escritora india Jumpa Lahiri, un "intérprete de emociones". Aunque la palabra "genio" tampoco lo excede.