"Hacia una pintura tribal"


Texto de Carlos Páez Vilaró

Cuando Pablo Cersósimo me invitó a asociar mi pintura con su fotografía -tomando el cuerpo desnudo de una modelo como bastidor- volví a participar de una experiencia que en mis largos años ya había enfrentado algunas veces y en diferentes situaciones.

En los años ´50, cuando comenzaba a despertarse mi vocación por la pintura, mi vinculación al carnaval negro de mi país, me puso muchas veces frente a la responsabilidad de pintar las caras de los lubolos (morenos) emparejadas con los símbolos que rodeaban la panza de sus tambores.

Más aquí en el tiempo, en los ´70, invitado por el fotógrafo Thomas, decoré con mis grafismos la desnudez de la mannequin sueca Prisca Baüer, en una de sus presentaciones.

Es una incógnita lo de si nació primero la pintura sobre el cuerpo o el cuerpo mismo. Algo así como la historia del huevo y la gallina. Ahora le llaman "body-art", pero habría que hurgar en la vida de los pueblos primitivos, cuando tentados por la coloración que extraían de sus tierras o de sus plantas, la usaban para decorar sus cuerpos en los festejos tribales.

En mis expediciones de trabajo por el corazón de Africa, en las selvas de Nueva Guinea contactando a los papúas o en las islas más lejanas de la Polinesia, siempre me topé con el arte antiguo de dibujar sobre la piel. Es ese dibujo inicial el que abre el camino para el nacimiento del arte del tatuaje. A partir de un diseño conductor, el nativo se atreve a experimentar con sus herramientas y acomete la aventura de grabar sus ideas sobre la piel humana.

En este sentido fue grande mi asombro ante el descubrimiento de verdaderas obras de arte sobre las espaldas, senos, caras, brazos o piernas realizadas con sofisticadas agujas. El día que se presente una exposición de cuerpos burilados en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, nos quedaremos asombrados de ver que muchos artistas tuvieron en esos dibujos el punto de partida para definir su estilo o consagrarse.

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