Andrés Calamaro


Que el fuego decida

Después de cambiar sus paraísos infernales en Buenos Aires por un purgatorio en la campiña madrileña, un renovado Andrés Calamaro nos habla de sus gustos personales, su nuevo disco y su cruzada “pirata” en Internet. Uno de los artistas argentinos más prolíficos enciende la llama para avivar el mito.

Por Daniel Krupa / Fotógrafo: Javier Salas

Siempre se supo: nunca fue fácil dar con Charly, Spinetta o Fito. Los agentes de prensa suspenden una y otra vez los encuentros alegando las más inverosímiles de las razones hasta que una tarde -preferentemente una noche- dejan un hueco en la agenda y el periodista free-lance logra el tan preciado encuentro.

Andrés Calamaro no iba a ser la excepción. Los primeros intentos de conseguir una entrevista con él fueron en mayo de 2002, dos años después de haber editado El Salmón, el primer y único disco argentino compuesto por… ¡cinco discos! En aquella época estaba al borde de sí mismo, grabando durante dos y hasta tres días seguidos. “¿Cuántas veces sale el sol por día? Yo conté tres”, se respondía a sí mismo. Absorbido por ese sistema de trabajo, Calamaro definitivamente navegaba en contra de la corriente.

Fue por aquellos mismos días de otoño que surgió la posibilidad de entrevistarlo. Al décimo intento fallido, su manager deslizó una tarde cualquiera que Calamaro no podía recibir a nadie porque “hace dos segundos acaba de salir hacia Plaza de Mayo para estar con las Madres”. Y hacia allá partí. Aunque la esperanza de dar con él entre cientos de personas bordeaba lo imposible.

Apenas pisé la Plaza, no pasaron más de diez minutos para encontrarlo sentado, charlando con un fotógrafo amigo. Flaco, muy flaco y pálido, Calamaro tenía el pelo revuelto y las uñas manchadas como si acabara de meterle mano al motor del coche que nunca tuvo. Bien lejos estaba de la imagen de dandy europeo que había mostrado en las presentaciones de Alta Suciedad, la placa que publicó en 1997 luego de su separación de Los Rodríguez.

Esa tarde, tras una escueta charla circunstancial, quedamos en reunirnos otra vez en su mítico departamento de la calle Pacheco de Melo, el que solía usar como tierra o cielo fértil para “sembrar tormentas”. La noche de reencuentro transcurrió a lo largo de tres generosas horas que nunca alcanzaron el formato de una entrevista. Darle un sentido lineal a sus comentarios era como armar un rompecabezas al que le faltaban varias piezas.

De esa reunión solo quedó un trailer grabado por él mismo -que hoy guardo bajo siete llaves- y un correo electrónico gracias al cual seguí en contacto con uno de los músicos más brillantes de habla hispana, quien -contra todo pronóstico- cambió el rumbo para poder reinventarse una vez más.

Cuando nadie lo creía posible, Calamaro no solo dejó hace dos años este “Macondo kafkiano” que es Buenos Aires para arribar a Madrid, sino que en el 2004 volvió a embarcarse en contra de la corriente -o al menos contra todo lo que se esperaba de él- para editar El Cantante , una placa muy latinoamericana en la que presenta apenas tres canciones de su puño y letra. Tres obras -+ El Azteca , Las oportunidades+ y + La libertad +- que hicieron coincidir a toda la crítica especializada, y de la otra: esas tres nuevas canciones son lo mejor del disco. El resto son covers ya muy visitados que van desde tangos como + Malena+ o + Sus ojos se cerraron+ hasta boleros como + La distancia+ , con los que confirma su condición de “Rey Midas de los Intérpretes”: aquel que todo lo que canta lo transforma en oro. A continuación, el último “update” de una extendida entrevista con Andrés.

-¿Cómo es tu rutina actualmente? Hace unas semanas decías en una nota a + Página/12+ que ahora desayunás con los demás gauchos en la pulpería...

-Ahora mismo estoy en la ciudad preparando un box de “outakes (& INtakes) enDEMOniados”. Nunca había conseguido despertarme a la mañana en las últimas décadas. Podría desayunar al mediodía y empezar a reaccionar a las cinco de la tarde... eso en mis períodos tranquilos, claro. Tampoco estoy especialmente orgulloso de madrugar, ¡es el mal menor!

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