| Autor: Fernando Noy.
Fotógrafo: Estanislao Cantón.
I
Nací en Nápoles, durante un viaje de mis padres, en un departamento que habían alquilado cerca de Benevento, su ciudad natal. Ellos no pensaron que tenían que declararme en el consulado argentino, así que a los tres meses, cuando me trajeron de vuelta como polizonte, recién después de varias tratativas les permitieron ingresarme al país. Igual nunca tomé la doble ciudadanía, ya que no tenía necesidad, porque ser presidente de la República no estaba en mis proyectos. Igual no creo en las fronteras. He viajado muchísimo y siempre regreso a mi ciudad, que es Buenos Aires.
II
Los niños siempre saben dibujar, después algunos se perfeccionan. Antes de los doce el dibujo es casi instintivo, como aprender a leer o hablar. Todos agarran un lápiz... La vocación definitiva despierta luego de los doce o trece. También mi madre dibujaba desde niña, y aunque tomó clases de pintura nunca se dedicó de lleno. Mi hermana Ana Testa, sí. Mi padre, que era médico, me ayudó mucho en este asunto. Cuando, un poco para complacerlo, le confesé que me gustaría también ser médico, él se negó rotundamente porque ya sabía que mi campo era otro. Detectó esta vocación, algo que ni yo mismo sabía. Después pensé en estudiar ingeniería naval, hasta que finalmente me sedujo más la arquitectura.
III
Mientras cursaba el segundo año de la facultad participé en un concurso para el alumnado, y debido a que gané el primer premio estaba emocionado al ver el resultado publicado en el diario. Era la primera vez que aparecía en letras de molde, pero habían cometido un error garrafal que ahora es anécdota. Mi nombre, según el suplemento sobre universidades, era Corita Testa. Todos bromearon largo tiempo con esto, y como realmente tengo gran sentido del humor no le di mayor importancia e incluso me reí junto a ellos. Todavía tengo una amiga que sigue llamándome como en aquel ejemplo del año 1944.
IV
La vocación no es algo que uno siempre advierte, al menos en mi caso, aunque generalmente se crea que sí. Al terminar la facultad comencé a trabajar en el Plan Regulador de Buenos Aires, en una oficina donde estaban Ferrari, Hardoy y Bonet, entre otros grandes. Trabajé un año como dibujante, y gracias a que seleccionaron los veinte primeros promedios, a un grupo de diez nos ofrecieron realizar un viaje a Europa organizado por los decanos. Fue una experiencia inolvidable. Pudimos recorrer durante tres meses gran parte de Italia. Alquilaron una especie de ómnibus en el que además viajaban profesores, acompañantes y amigos. Cuando pasamos por Roma rumbo a Génova, permanecí en Nápoles junto a mi abuela Nicolina. El nombre Clorindo lo heredé de mi abuelo. Tengo también otro seudónimo cariñoso con que me llaman muchos: “Cloro”. Cuando al fin regresé a Buenos Aires nos reencontramos los colegas y participamos en un concurso organizado por la Cámara de la Construcción.
Ganamos. El edificio está en la calle Leandro N. Alem. Luego gané otro ya solo, como el de la Casa de La Pampa y el de Unidades Sanitarias. Comencé a volcarme de lleno a la arquitectura, aunque en Italia acababa de conocer a Franz Van Riel, que tenía la galería que antes estaba en la calle Florida y ahora en la calle Talcahuano. El me ofreció el espacio para que realizara una exposición. Así que ya se perfilaban ambas actividades desde el año 1951. Arquitecto y artista plástico. Mi estilo era bastante abstracto, representativo, no me interesa encasillarlo. Había una máquina de coser muy especial y un mostrador de carnicería con tres bultos colgados, rojos, lo demás era todo en blanco y negro. Rosas aparente, en realidad manchas de sangre. Mientras hacíamos los planos y luego la dirección de diversas obras. Eso por que estaba la cámara de construcción y así pude dedicarme un poco más a la pintura. Cuando hablo en plural es por que me refiero al socio de toda mi vida, el arquitecto Fontana. También me he asociado con Genoud, Lacarra y, por ejemplo, la Biblioteca Nacional fue planeada con Francisco Bullrich o el Centro Cultural Recoleta junto a Bedel y Benedit. Casualmente los tres, somos artistas plásticos. Quizás por eso nos reunieron. Había que refuncionalizar el ex asilo de ancianos y, sin contaminar el ámbito, logramos quitarle una cantidad de cosas añadidas innecesariamente. Agregamos una nueva perspectiva. Ni futurista ni melancólica o atrasada. Soy más de contemporizar con lo que sucede a cada instante.
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