Horacio Ferrer
Por Fernando Noy
Fotógrafo: Jesús Guiraud

I
Mi madre, Ezcurra de apellido, había sido descendiente de Juan Manuel de Rosas, y su abuelo, el primer presidente de la Confederación Helvética. Por eso aproximadamente en 1920 fue discípula de Alfonsina Storni, que también venía de Suiza. Con ella aprendió declamación, y como a su vez mi madre me enseñó a mí, vengo a ser una especie de nieto en recitación de nada menos que Alfonsina Storni. Un divino privilegio. Mi apellido proviene de una familia inglesa radicada en Barcelona durante el siglo XII. Mi abuelo Eduardo Ezcurra Bond y Rosas aportó también algunos genes para que me volviera poeta. Era muy amigo de Rubén Darío y de todo el mundo bohemio-literario de esa época. Porteño, escribía artículos en diversos periódicos y murió antes de nacer el siglo XX, poco después de haber perdido la razón. Fue un hombre espléndido antes de su malogrado final. Incluso guardo muy especialmente una foto suya junto a mi madre. Me crié cruzando el charco constantemente entre Montevideo, mi ciudad natal, y Buenos Aires. Tuve una infancia muy bonita, con todo lo que se necesitaba y el latente deseo de escribir. Vivíamos en Lavalle 1447. En el almacén de la esquina, religiosamente todos los domingos bajábamos al sótano con un grupo de chicos amigos. Así comenzaron mis primeras payadas. Muchas veces mi tío Goyo Ezcurra venía con nosotros, abría el estuche de su guitarra y desgranaba zambas, aires criollos, estilos y por sobre todo tango, por supuesto. Disfrutaba al escuchar tangos antiguos. El había sido muy amigo de Gardel en reuniones de bulines y por la noche andaban juntos. Goyo no era muy alto, más bien petiso. En esa época ser retacón no significaba perder la elegancia, al contrario. La palabra petiso proviene de “petit”, que en francés quiere decir pequeñito. Tío Goyo también me hacía acompañarlo a fiestas, donde comencé a tratarme con artistas, y a los teatros, desde el Odeón hasta el Colón. Así fui descubriendo que ese mundo era el que más me gustaba para el futuro.

II
Mi padre había creado un grupo muy famoso y popular en aquélla época: La Troupe Ateniense, del que salieron clásicos como +Pato+, +Niño bien+, +Garufa+, +Mamá yo quiero un novio+... Esa especie de tango humorístico que interpretaba como nadie la gran Sofía Bozán. Durante el verano mis parientes iban a descansar al chalecito que pertenecía a mis padres, en Parque del Plata, y en el que, mucho después, con Piazzola terminamos la segunda parte de +María de Buenos Aires+.
Fui un niño tan precoz que a los tres años ya estaba en la escuela porque había aprendido a leer observando los afiches y carteles de la calle. Paralelamente me inicié en teatro y dibujo con el artista español Juan Oliva. Justo en el subsuelo de su casa funcionaba una editorial llamada La Siringa. Bajé a curiosear y Arturo Peña Lillo, al preguntarme qué buscaba por ahí, me escuchó asombrado explicarle que ya tenía listo un trabajo para editar titulado +El tango, su historia y evolución+. Sin leerlo me respondió que lo editaría. Apareció al año siguiente, 1960, en una colección muy prestigiosa.

III
Mi madre atesoraba con celo un cuaderno lleno de poemas copiados a mano que ella recitaba. A veces se lo robaba tratando de imitarla en secreto. Ya me encantaban Manzi, Discépolo, Cadícamo y Expósito. Un día me pregunté por qué sería esa especie de dualidad, de escribir versos como los clásicos pero con temas de lo cotidiano y actual. Decidí que tenía que reunir todo en una sola obra, y de pronto me encontré escribiendo “del fondo de las cosas / y envuelta en una estela de frío / con el gesto de quien se ha muerto mucho / vendrá la última grela / fatal, canyengue y sola / taqueando entre la pampa/ tiniebla de los puchos”. Eso era lo que necesitaba escribir. Se lo envié a Troilo. Todavía guardo el telegrama donde dice: “Gracias, Horacio, por +La última grela+”.
Luego de renunciar a mi cargo en la universidad enseguida conseguí trabajo en el diario +El País+. Como ya había descubierto la forma de mi estilo comencé a escribir un poema diario durante todo un mes. Así surgió +El romancero canyengue+ que publicó el gran escritor Enrique Estrázulas en su editorial Tauro.

IV
Mi primera obra, +Tango del alba+, fue estrenada en el Teatro Circular de Montevideo a finales de 1961. Antes había comenzado fabricando marionetas con género y papel para los chicos del barrio, y como todavía tocaba el bandoneón, musicalizaba las funciones personalmente. En esa obra, sobre la vida del Numen Angel Villoldo, otro grande, Rivero cantó una milonga lenta. Era una época de circo y payadores. Mi madrina Sofía pudo ver payando, sin guitarra, en medio de la pista, a nada menos que Gabino Ezeiza. Ella contaba que una mujer bellísima y muy elegante le arrojó un solo guante de esos largos desde la platea y Gabino Ezeiza payó durante casi quince minutos sobre el guante.

V
En 1989, se me ocurrió que debíamos fundar una Academia Nacional para el tango. Nos reunimos con un grupo de colegas en la casa del pianista Rodríguez Villar. Vino gente muy valiosa, como Horacio Salas, Oscar del Priore, Natalio Echegaray, Jorge Andrés. No teníamos sede y solíamos reunirnos por los bares hasta que descubrí este edifico, donde crecían yuyos hasta el techo, tapados por un chapón con tubos fluorescentes. En la actualidad existen más de treinta academias correspondientes por todo el país y en el exterior. Junto a mi adorada Lulú muchas veces hemos ido personalmente a inaugurar sedes en Turquía, Japón, Finlandia, Cataluña, Bélgica, Francia y tantos otros.
De aquí salió la Ley Nacional del Tango, y con el apoyo de Gustavo “ Pacho” O´Donnell, secretario de Cultura en esa época, publiqué +El siglo de oro del tango” para que los maestros tuvieran un breviario donde consultar al enseñarle a sus alumnos. Después, con la invalorable colaboración de Oscar del Priore, salió, en dos tomos enormes: +El inventario del tango+. Algunos ejemplares fueron llevados por el mundo a bordo de la Fragata Libertad, junto al +Martín Fierro+. Más no se puede pedir.

VI
Valle Inclán ha escrito que el milagro musical de la poesía es ser otra música de la propia música. Los griegos decían a su vez que: “La poesía es música hablada”. Cuando le mostré el +Romancero canyengue+ a Héctor Stamponi, autor de +Pedacito de cielo+ y +Flor de lino+ entre otros, después de leerlo me comentó: “Pero qué rápido maduraste. Esto tiene que llevar prólogo de Cátulo Castillo”. Se lo llevó. Enseguida recibí una carta que para mí era consagratoria y no lo podía creer. Le envié una copia a Pichuco y días después me llamó su esposa Zita por teléfono para decirme que Troilo tenía el libro puesto en su mesa de luz y me leía todas las noches. Le copié por supuesto un ejemplar a Astor Piazzolla, que me vino a ver para decirme: “Lo que vos hacés con los versos en este libro es justamente lo mismo que intento yo con mi música. Desde ahora tenemos que escribir juntos”. Astor me confesó: “Quise hacer un musical con Sabato primero y luego con Borges y no lo conseguí. Tengo miedo de perder tu amistad por si no me gusta lo que vos vas a hacer, pero hacelo. Ya sabés lo que busco”. De inmediato le mostré un bocetito sobre la línea argumental de +María de Buenos Aires+. El tema le pareció bárbaro. “Seguilo, metele, no te descalentés”. En Montevideo, al concluir el primer acto se lo envié por intermedio del gran músico Agustín Canevario. Cuando regresó lo escuché como en sueños decirme: “Astor palideció de admiración mientras lo leía”. Yo no podía creerlo. Agustín terminó: “Dice que apenas termines el segundo acto viaja a Montevideo para que vos mismo se lo leas todo en persona”.

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