Ana Maria Giunta
Esa mujer con algo de Dios

A los que solo la conocemos por su desfachatez, por enfrentar sin tapujos a la poderosa cultura de la delgadez y, obviamente, por su talento actoral, nos puede sorprender la calidez que muestra en el trato personal. Este encuentro con El Planeta Urbano es una buena opción para recorrer con ella sus 60 años de lucha.

 Por Agustina Fernández / Fotografía: Perez-Cummins

Callao 56. Llego a la puerta del antiguo edificio porteño y no veo ningún cartel alusivo al taller de Ana María Giunta, dudo y verifico la dirección. Entonces veo un caballete lleno de carteles entre los que hay uno que dice: “Todos en Giunta”, ahora sé que estoy en el lugar correcto. Toco timbre y me atiende el mismo hombre con el que ya había hablado por teléfono, Ricardo, el marido de la actriz.

Subo la escalera de mármol de este veterano petit hotel un tanto venido a menos, y me encuentro con un gran ambiente de color naranja, con tres sillones de diferentes estilos, un pequeño kiosco-bar, un helecho sobre una mesa de vidrio, dos pequeñas reproducciones de Vincent van Gogh y varias personas yendo y viniendo. Ana María no había llegado aún, Ricardo me dice que por favor la espere un rato. Son varias las puertas que dan a este hall, y por lo que puedo entrever los distintos ambientes están pintados con colores estridentes: amarillo, fucsia y verde.

De pronto atraviesa una de esas puertas un chico descalzo, de unos veintitantos años. Juan tiene síndrome de Down y, por lo que me contó, entre tímido y apurado, acude al taller desde hace mucho tiempo. Pero su atención no duró mucho, contento por la llegada de Ana María Giunta, corrió a saludarla.

Vestida de negro y congestionada por el resfrío, Giunta saluda en general y entra en una oficina. A los cinco minutos, Ricardo me dice que pase. Y allí la encuentro: inmensa y sonriente detrás de un gran escritorio y delante de una pared repleta de fotos y recuerdos. Sus ojos están vidriosos, pero el estado gripal no empaña su simpatía.

Me siento y recuerdo la imagen que de ella me habían dado los medios: divertida, desprejuiciada, seductora y desafiante; pero pronto descubro a una mujer que parece dar la vida por una causa: la solidaridad.

Cuando le pregunto por el surgimiento de este gran proyecto que es “Todos en Giunta”, Ana María se entusiasma y empieza el relato de su lucha, que comenzó en Mendoza, su provincia natal. Así, me va guiando por los vaivenes de una historia que parecieran más los de una santa que los de una actriz. Voluntariado, asistencia social, trabajo incansable por los pobres, discapacitados y desafortunados, entre otras actividades, irán tiñendo su discurso de un matiz heroico. “De chica estudié danza clásica, moderna, española, folklore, pintura, exclamación y arte escénico. Luego seguí la carrera de maestra e hice voluntariado desde los doce años, cuando aún no existían las maestras de educación especial y a esos chicos los cuidaban señoras gordas que contenían los ataques de violencia con la fuerza y para tenerlos tranquilos los medicaban. Yo, por una cuestión de intuición, empecé a no darle bola a la medicación para doparlos, traté de mantenerlos lo más lúcidos posible y por eso me ligué varios tablonazos con maderas en el culo (risas). Pero fue así que empezaron a aparecer sus personalidades.”

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