Divina Gloria


Divina por algo

La simpatía arrolladora que prodiga bate su propio récord. Con un estilo originalísimo, nada le hará perder esa chispa candente, ese glamoroso desparpajo, esa gracia del alma que solo un verdadero artista logra transmitir. Ahora, con nosotros...

Por Fernando Noy / Fotógrafa: Nora Lezano

UNO. Debuté en teatro a los cinco años. Conocí a Gershwin antes que el arroz con leche y a Cole Porter antes que a María Elena Walsh. Mi padre, Pedro Goldstern que significa en yidish “estrellas de oro”, amaba profundamente el jazz. Mi abuela hacía teatro, usaba tacos con plataformas transparentes y mi abuelo era el actor Suchard Handfuss. Se habían casado en Berlín antes de una gira por Latinoamérica. Cecilia, mi madre, nació en la Argentina. Los demás siempre me decían simpática, además me la pasaba cantando o bailando. Se veía que tenía condiciones y el mío era un mandato al que nadie se oponía, al contrario.

Mi educación no exceptuaba el misticismo judío, pero era al mismo tiempo tradicionalista y muy liberada. Al venir de una familia de artistas, sin necesidad de concientizarte estudiando La Torah estrictamente, me habían transmitido valores donde la misericordia, el respeto y sobre todo el amor al prójimo eran la base.

DOS. Mi nombre en la cédula es Martha Gloria. Cuando me invitaron a participar del grupo Los Peinados Yoli decidimos usar seudónimos que resultaran poéticos y al mismo tiempo divertidos. Patricia Gatti eligió llamarse Doris Night. Batato Barea todavía se hacía llamar Billy Boedo. Y estaban Tino Tinto y Peter Pirello. Como yo siempre andaba fascinada leyendo esos libros de Greta Garbo, Marilyn Monroe y Mae West y comentaba que eran divinas, así apareció mi nombre artístico. Antes había trabajado en Calígula dirigida por Pepito Cibrián. Cuando el vestuarista me probaba una falda preciosa, Cibrián dijo: “Cuidala y respetala, porque ni María Concepción César tuvo nunca algo así”. Y eso que desconocía mi admiración por ella, al extremo de intentar imitarla.

TRES. Cuando Charly García presentó Piano Bar en el Luna Park nos convocó. En ese momento nuestro grupo hacía cinco funciones, aproximadamente desde la medianoche hasta el amanecer. Primero teníamos que abrir el show. Entre otras proezas había que tirar purpurina con la mano desde veinte metros de altura hacia el escenario. Esta vez siento que Dios de nuevo me eligió, porque la bailarina que iba a estar no apareció y Renata Schussheim junto a Jean François Casanovas me señalaron: “Lo vas a hacer vos”. Nunca estuve especulando para eso. Terminé realizando un número sobre su piano abrazada a un almohadón bien rojo con forma de corazón. Esa dicha de estar junto a la banda y sobre el escenario ni siquiera la hubiera imaginado.

CUATRO. Si el gran actor Jacobo Bullob Benamí venía de gira a Buenos Aires, enseguida invitaba a mi abuela Bela a integrar sus elencos. Aunque el papel fuera mínimo, Benamí comentaba: “No importa, de todos modos Bela siempre se va a destacar”. Ella tenía eso que Marlene Dietrich confirmaba al declarar que no existen los papeles chicos. Apoyada en una escalera, murmurando apenas dos o tres palabras, provocaba un instante de fascinación total.

CINCO. Con Los Yoli ensayábamos en una casa vieja por Chacarita. Teníamos una Samsonite llena de maquillajes y yo era la encargada de cuidarla. Después de tantos shows los rubores, las purpurinas, los azules, rojos y violetas se habían mezclado con el rimmel. Era un enchastre casi pecaminoso de Chanel con Mary Stewart. Los frasquitos parecían amarse como en un caos primordial de lucecitas que parecían delatarnos por la vida. Una amiga de mi abuela venía a visitarnos todos los mediodías. Ella aparecía en casa y mis hermanas la veían sentarse en el living para disfrutar Los tres chiflados. Como no tenía televisión se había vuelto una especie de cuarto chiflado, con su carré negro impecable y la boca fucsia. Yo la espiaba encandilada.

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