| Autor: Fernando Noy / Fotografía: Gentileza de Horacio Molina.
I. Recuerdo nuestra casa de Almagro con patios, parras, jardín, que sin ser bellísima tenía su entrada, sala, comedor grande, su onda. En el segundo patio estaba la gran palmera con flores, plantas, pastitos alrededor del fondo que era mi parte favorita. Yo pasaba muchísimo tiempo ahí a causa de su magia. Era un lugar abandonado, donde se guardaban alfombras, las cosas de invierno. Estos chiribitiles son pequeños cuartos de apenas un metro por tres. Irradiaba un olor muy especial. Había un sable viejísimo que nadie sabía de dónde carajo venía, la escopeta de mi abuela, cofres con partituras y cartas, libros de todo tipo. El lugar olía a rica y rancia humedad. En la distancia, uno igual reconoce ese olor tan presente. No era un perfume. Los olores son una de las cosas que más logran remontarme a épocas pasadas, lugares; cuadras de Lanús donde visitaba mis primas. Por la calle Quito estaban los paraísos, con su aroma tan tenue y penetrante en primavera, uno de los olores más delicados que conozco. En ese momento ni tenés idea, pero al pasar los años son siempre un viaje instantáneo hacia el pasado. Te viene una nostalgia terrible y sabrosa que no llega a ser olor. Parece melancolía. Alegre y triste al mismo tiempo.
II. Eramos cuatro hermanos varones, prácticamente con un año de diferencia. Yo, el menor. Todos los amigos querían visitarnos porque en casa se jugaba en los patios. Era un lugar donde reinaba la inteligencia de mi padre y la maravillosa gracia divertida, absolutamente espiritual de la madraza. Mi abuela era como una especie de mecánico. Arreglaba lo imposible. Tuve la dicha de dos abuelas dispares entre ellas. Una se llamaba Tina y la otra Titina. Titina era como una gran duquesa. Venía de gente que había sido bastante rica, pero pasó la miseria con altivez y dignidad. Eran capaces de lavar ropa para afuera. Se bancaban todo arriba, abajo, al medio. No pertenezco a una familia paqueta ni pacata. Solo inteligente y sensible. Eso me ayudó mucho, pero también pudo haberme traspasado una gran exigencia hacia el mundo exterior. Siempre quise lo grande. En casa, mi padre era amigo íntimo de Conrado Nalé Roxlo, el gran poeta. Como a un segundo padre le confiaba mis perturbaciones y Nalé, mientras encendía un pucho con otro, de los cuatro paquetes de Chesterfield diarios, me aconsejaba. Papá a su vez, era el crítico de cabecera de Nalé, que lo manifiesta incluso en un cuento.
III. Música, canto, baile fueron algo que apareció naturalmente. Ya estudiaba piano desde chico. La radio nos daba una información fuerte y profunda, entra más directamente al alma. A Niní Marshall la oíamos como en misa, durante la comida. Nos preparábamos todos para disfrutar de Niní. Era como un ritual ya extinguido. También nos encantaba Augusto Codecá. Por supuesto teníamos acceso a muchos discos de esos de pasta del setenta y ocho. Mi abuela era melómana clásica. A papá, más abierto, le gustaba incluso el jazz. Cuando salía algo temprano de su trabajo agarraba el Dodge Modelo ´34 arengándonos: “Vamos al cine”. Ibamos por esas calles lo más rápido posible hacia el Real, a ver los informes de guerra en directo. Todavía no había músicos de varieté, eso apareció después. Papá leía con gran curiosidad todas las ciencias y artes, pero era de bajísimo perfil. No aparecía como un solemne intelectual sino alguien que simplemente sabía muchísimo de las más variadas cosas. A mi pasión por el canto él la tomaba como algo más. Más bien mamá era la incentivadora. Todavía adolescente, empecé a transitar la noche de Buenos Aires, en los años cincuenta. Me encanta el jazz y empecé a frecuentar los lugares donde estaban ciertos músicos que después fueron mis amigos, como Lalo Schiffrin, Gato Barbieri, Rubén López Ruiz, Baby López Furst, Sergio Mihanovich, una lista interminable. El Cine Club Núcleo efervescía. Fue una época inolvidable. Antes de los años ´60 ya andaba cantando delante de ellos hasta que alguien me incentivó a hacerlo profesionalmente. Me llevaron a una prueba en RCA Victor e inmediatamente firmé contrato. Costó mucho sacar mi primer disco, me cajonearon diciendo: “Estás verde todavía”.
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