Ego Trip: Horace Lannes


Un astro con luz propia

Su exquisito glamour mereció, además de galardones y premios internacionales, un lugar insuperable en el mundo de la moda y de la cultura. Icono del cine y del teatro a través de sus divas, a las que vistió y siempre evoca. Una vida extraordinaria signada por la creatividad y el talento.

Por Fernando Noy

I

Mi abuela francesa, mamá y las tías eran lo que hoy dicen: “fashion victims”. Seguían religiosamente los mandatos de la moda. Desde 1910 una ley prohibía el uso de sombreros en las plateas. Ellas utilizaban los palcos donde podían usar lo que se les antojara. Mi madre, algo cholula, armaba unos collages con fotos fabulosas de Gloria Swanson, Lilian Gish, y tantas figuras que al final terminé conociendo. No existía la televisión. Me encantaba oír a una señora llamada Cenicienta contando historias desopilantes a las que se podía ilustrar desde los hogares. Aprendí a dibujar antes que a leer. Día por medio al volver del colegio me llevaban al cine Fénix. Uno de mis primeros trabajos fue asesorar el ajuar de boda para mi tía. Mamá era elegante pero indecisa, ella descubrió y fomentó mi carrera. Y me hacía caso en todas las indicaciones que le daba, como después lo hicieran casi todas las estrellas. A mamá la llamábamos “la clienta difícil”.

II

Mamá decidió regalarme mi primer viaje a Europa. El padre Urrutia, que organizaba los viajes de fin de curso, al pedirme que le alcanzara unos sobres a cierta señora me cambió la vida. Una dama muy elegante me recibió. Como yo sabía bastante sobre cine, al leer su apellido, le pregunté si era pariente de Ernesto Arancibia. Me respondió que era su marido. Como le comenté que me gustaba diseñar me pidió que le llevara algunos para mostrárselos. Eran de un grupo formado Schlieper, Zavalía, Saslavsky, Cahen Salaberry. Me dieron mi primera oportunidad: estaban preparando un filme con Amanda Varela, una actriz argentina que venía de Hollywood y era hermana de Mecha Ortiz. De pronto me enteré que deberíamos realizar todo en cooperativa. Cuando le conté a mamá que en lugar de ir a Europa prefería hacer esta película, ella concordó. Finalmente, por esas cosas que pasan solo acá, la película no se hizo. Ya habían salido algunas fotos publicadas como anticipo que llamaron mucho la atención. Empecé a ofrecer mis diseños en las revistas. Surgió la oportunidad de colaborar con El Laborista. Américo Barrios, su director, me invitó a publicar en el suplemento de Modas. Mariofelia me invitó a hacer crítica de vestuarios teatrales en su programa “Cocktail teatral”. Tenía que encontrar “perlas” y mandarlas al aire. Así descubrí que María Duval llevaba las medias corridas en una película y que la querida Tita Merello hacía una escena con zapatos que no correspondían a la época. También anunciaba las tendencias en la moda. Si se acortaban las polleras, eso era ley.

III

Arancibia necesitaba realizar un filme para lanzar al estrellato a Laura Hidalgo. Atilio Mentasti me citó en los estudios de Argentina Sono Film. Miró mis carpetas y comentó: “Usted es muy joven y no sé si estos dibujos son efectivamente suyos”. Fue muy duro, pero tenía razón. No podía lanzar una estrella y el diseñador al mismo tiempo. Además nuestro trabajo era muy bien pagado. No como hoy, esa maldita palabra “canje” o la espantosa “chivo” no existían. Al poco tiempo Barrios me ofreció una página en el diario oficial “Democracia”, que en offset y colores llegaba a todo el país. Evita veía todo lo que publicaba y muchos afirmaban que era la dueña del medio. Para mi última película Ay Juancito, de Héctor Olivera, utilicé bastante de mi archivo. Cuando me presentaron a Evita, en 1951, vi que tenía una piel maravillosa, como de nácar, de alabastro. Nunca fue de mucho busto, lo cual colaboraba con su gran elegancia.

CONOCE A ESTE GENIO DE LA MODA EN EL PLANETA URBANO DE SEPTIEMBRE.