Lucrecia Martel-Poniendo el cuerpo
Fotógrafa: Verónica Casetta
Por Paz Dubarry

-¿Te sentiste más cómoda con este rodaje?

-No sé... Obviamente, cuando hicimos La Ciénaga había cosas que no conocía mucho en la práctica, entonces probábamos cómo a mí se me ocurría. Pero con La niña... ya tenía ciertas certidumbres suficientes como para que fuera más relajante todo el rodaje. La verdad es que fue todo muy festivo.

-¿La elaboración del guión también?

-Sí. De todo lo que implica hacer una película, es lo que más me divierte. Es un momento en que todo es posible, es muy interesante e incluso es para mí muy físico. Por ejemplo, nunca había tenido un ataque de pánico, pero cuando estaba trabajando en mi primera producción, que era de terror... ¡Lo tuve por la sola concentración! Es increíble... parece mentira que algo tan invisible como lo que estás imaginando, te afecte físicamente. Considero que es una capacidad humana y cualquiera que tenga el ejercicio, entra en esas situaciones replacenteras. Solo eso, sin psicofármacos ni cosas raras; solamente al pensar en los detalles, el esfuerzo mental de poner todo eso junto genera una situación de inmersión.

-¿Vos sos La niña Santa ?

-¡No..! (risas). Es cierto que cuando se está entrenado en la tarea de escribir ya se sabe que absolutamente todo tiene que ver con uno. Ahora, cuán directamente se parezca una escena de La niña... a mi vida... bueno... eso es más complejo porque hay toda una transformación de lo vivido a la ficción. Te cuento una cosa: yo empecé con La niña... cuando estaba escribiendo la historia de terror. Estaba en París haciendo el sonido de La Ciénaga y empecé a escribir por las situaciones callejeras que veía, pero inmediatamente la historia fue a parar a un lugar que en mi infancia fue muy excitante, muy misterioso. Es un hotel de termas al que íbamos con mi familia.

-¿Cómo pensás que funciona eso?

-No tengo idea. Muchas cosas van a parar a ciertos lugares, pero ese misterio se lo dejaremos a los psicólogos. Yo e staba investigando sobre el comienzo de la antropología forense, que es un tema que me apasiona. Resulta que hacia finales del siglo XIX era necesario identificar a los delincuentes para aplicar penas más graves a los que reincidían. Pero -como muchos cambiaban de identidad o a veces la policía no tenía registro- se empezó a utilizar la fotografía. Creo que esa idea de identificar a un delincuente por su imagen es un momento del pensamiento de la humanidad bastante terrorífico y, a la vez, muy creativo. Pensá que después, acá, empiezan las historias del petiso orejudo, el pibe cabeza... y todas esas búsquedas de los delincuentes por su fisonomía. Todo eso está en nuestra cultura y es increíble cómo toda esa corriente intenta deducir el comportamiento moral de una persona desde su físico, de su parte más material y orgánica. Es aterrador y magnífico , pero sumamente inspirador. Y en la película -en el trasfondo- está todo eso. De hecho, creo que va a ser una constante en mi vida porque es un tema que me apasiona y está muy asentado. Las sospechas morales que a veces tenemos de cierta gente, muchas veces tienen que ver con las ideas que han quedado sentadas en la base.

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