Diego Peretti


Un buen tipo

Como ladrón de guante blanco, hombre abandonado y psiquiatra, su imagen se ve por estos días multiplicada en teatro, cine y televisión. Dice no tomarse muy en serio su profesión pero trabaja seriamente. Cómo se ve y cómo maneja su exposición el actor que quería entender la conducta humana.

Por Leonardo Blanco / Fotógrafa: Soledad Rubio

En un costado Alfredo Alcón estudia obsesivamente su parlamento (de diez palabras) junto al apuntador. En el otro, Alfredo Casero hace su show de backstage: baila y juega con las frutas que son parte de la utilería y hasta improvisa una ópera a toda voz. En el medio, Diego Peretti espera concentrado. Con la letra aprendida y ausente de los chistes de su compañero, el actor aguarda el comienzo de la grabación de una escena de Locas de amor, el unitario que emite Canal 13. En ese caos aparente que suele ser una filmación, Peretti parece el buen alumno de la clase que no sólo está pendiente de las indicaciones que el director tiene para él, sino también de las de sus compañeros.

“Yo soy de estar más atento a la generalidad”, dirá después a solas y reconocerá que es un aprendizaje que le debe a Los Simuladores, el programa que produjo junto a sus amigos D´Elía, Fiore y Seefeld, en el que también actuó. “Ahí tuve la necesidad de ver el programa desde un punto de vista más global, no solo desde la actuación, y entendí cómo incide cada una de las variables para que salga. No es sólo aprender la letra y actuar bien. Hay un montón de cosas que se tienen que dar para que una escena sea buena.”

No mira a los ojos mientras habla. El grabador que él mismo sostiene entre sus manos, la gente que pasa por la vereda o los autos que avanzan por la calle son los objetivos de su mirada dispersa. Dice no tomarse en serio pero piensa, medita y sopesa cada palabra que va a decir antes de que salga de su boca. “No, pará, voy a decir una pelotudez”, se frena cada vez que percibe que es un tema que no va a poder sostener o que, sencillamente, lo aburre. Cada tanto parece fastidiarse, como si se impacientara porque no le gustara alguna pregunta. Pero es una falsa alarma. Finalmente, después de pensar y pensar, resfregandose la cara con sus manos responde, correcto, educado y cortés.

 -¿Tenés noción del momento en que decidiste ser actor?

- No lo veo claramente. Creo que fue un proceso que se dio de modo paulatino . Me acuerdo de haber visto mucho cine y mucho teatro en los ´70. Eso era raro para un chico de 13 o 14 años. Retrospectivamente puedo notar que ya algo había, aunque no le presté mucha atención. Después seguí la carrera de medicina, más que nada por un deseo de mis padres, y me decidí por psiquiatría, que es la única especialidad dentro de la medicina que se aviene a investigar desde un lugar más humano al hombre. También eso podría ser un dato. En 1986 me metí en la primera clase de teatro y creo que ya desde ahí me di cuenta que me gustaba. Que era una profesión que iba a querer mucho y que no me iba a despegar de ella por mucho tiempo. Creo que siempre me había llamado la idea de ser actor, pero me parecía lejano. En mi familia no había ninguna cercanía con el arte, ni nada que indicara que yo podía ser actor.

-En alguna nota que te hicieron dijiste que dejaste la psiquiatría porque no te bancabas reflexionar tanto sobre la conducta humana.

- No, eso es mentira. Nunca dije eso. ¿Cómo no voy a querer reflexionar sobre la conducta humana si la actuación es lo mismo desde otro punto de vista?

-¿Hasta qué punto te sirvió tu experiencia como psiquiatra para componer el papel del doctor Uribelarrea en Locas...?

- Mucho... mucho. Bueno, por un lado siento que como psiquiatra hay cosas que conozco, pero por otro creo que lo que se plantea es novedoso. No es algo habitual esto de una rehabilitación de una enfermedad psiquiátrica a través de una externación y de poner la importancia en la conformación de un grupo. En ese sentido el programa me parece una idea francamente brillante para hacer ficción, porque convierte a los protagonistas en seres que se tienen que recuperar desde un lugar muy diferente, y eso las convierte en heroínas. Uno se identifica con la voluntad y la astucia que ponen para recuperarse e insertarse en la sociedad partiendo desde un lugar de mucha desventaja como es tener una enfermedad nerviosa.