El vuelo de la reina
Tiene 28 años, vive en Nueva York y triunfa en el American Ballet Theater. Antes de su presentación de noviembre en el Teatro Colón, la bailarina argentina aplaudida en los escenarios más codiciados del mundo explica por qué todavía disfruta de bailar y cuenta cómo es la relación de una bailarina con su cuerpo.
Por Leonardo Blanco / Fotografía: Perez-Cummins
Conmueve con su sola presencia. Como si su cuerpo, el instrumento más preciado de una bailarina, no distinguiera entre el arriba y el abajo del escenario y se dedicara a interpretar un papel por su cuenta. Como si su esbelta figura, con su andar sereno y sus movimientos suaves, se rebelara y hablara antes de que su dueña emita palabra.
Etéreo, frágil y delicado, el cuerpo de Paloma Herrera pareciera tener la densidad de su alma.
Sin puntos débiles a la vista, ni rastros de incoherencia en su discurso, la distinguida bailarina argentina de 28 años habla como baila.
Con la seguridad que le da saber que hace lo que quiere y la alegría de disfrutarlo cada día, esta morocha de intensos ojos pardos no necesita de las estridencias ni de los divismos típicos de las estrellas para hacerse notar. Está muy lejos de sentirse especial, y es eso precisamente lo que la hace diferente. Todavía hoy, con 21 años de carrera, cada vez que el público la ovaciona siente que la agradecida debería ser ella. Todavía hoy, Paloma sobrevuela alto pero con los pies en la tierra.
Nació en el seno de una familia sin antecedentes artísticos, pero a los siete años ya sabía que quería bailar. “Mamá escuchaba música clásica y yo daba vueltas por toda la casa”, recuerda.
Después de un acercamiento inicial al baile con un curso de expresión corporal que no la conformó (“yo quería bailar con zapatillas de punta y con tutú”, dice), el paso siguiente fue el instituto de la bailarina Olga Ferri. “Desde el primer día me encantó. Fue increíble”.
La pequeña Paloma ya sabía qué responder cuando le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande. “Tenía clarísimo que quería ser bailarina. Para mí era obvio, no había dudas. Realmente sentía pasión por bailar”.
A los ocho años ingresó en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y dos años después ya salía en los diarios por haber ganado un concurso en Perú. Acompañada por Ferri, estudió en Rusia y en Inglaterra y ganó un concurso en Bulgaria hasta que el maestro de ballet Héctor Zaraspe la descubrió y la recomendó a la School of American Ballet de New York, donde logró sortear una severa selección. Seis meses de entrenamiento después, a punto de volverse a Buenos Aires, se presentó a una prueba del American Ballet Theatre (una de las compañías de mayor renombre en el mundo) y pese a que con sus quince años no alcanzaba la edad mínima requerida (de 16) y que no hablaba una palabra en inglés, firmó su primer contrato y se quedó en New York.
A los 17 obtuvo su Green Card de los Estados Unidos. Fue la primera vez que un ciudadano argentino recibía su visa Profesional de Danza con la denominación “Extranjero de Extraordinario Talento”. Dos años después se convirtió en la artista más joven de la historia en alcanzar la categoría de primera bailarina de la mítica compañía.
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