| Cuando el genio no tiene fronteras
La pasión por el teatro ha ubicado al elogiado realizador Alfredo Rodríguez Arias en una situación de privilegio que, además de hacerlo merecedor de importantes galardones, también lo recompensa -desde París hasta Buenos Aires- con un público fiel y expectante de sus siempre aplaudidísimas propuestas.
Por Fernando Noy / Fotógrafo: Estanislao Cantón
I. Un artista no se genera solo ni surge por capricho, en general continúa la historia de narrar lo que genéticamente está en su sangre y de algún modo le precede. Rastreando en mis orígenes pude encontrar la figura de mi abuelo materno de apellido Arias. Aunque apenas lo conocí, logró entrar en mi inconsciente desde niño, cuando compartía la misma habitación con mis tías y mi abuela. A mi lado había una enorme foto suya enmarcada que parecía tronar. A veces ellas me contaban que hacía imponentes máscaras con papel maché y escribía hermosos poemas que ceremoniosamente le gustaba leer en voz alta.
Ese grupo de mujeres recién llegadas de España terminó inaugurando una pulpería en Lanús, con leones de yeso, rejas, mostrador y todo lo necesario. La mayor cosía para Marilú Bragance. Siempre imaginé que en ese ambiente faltaba una, seguramente la que superó a Laura y consiguió casarse con quien sería su probable cuñado. Luego de esa terrible experiencia, Laura decidió que las hermanas restantes iban a vivir encerradas y sin pretender matrimonio.
De ese ambiente tan lorquiano solo los hombres, es decir, papá y mi tío, lograron escapar como pudieron. Mi abuela compartía su lecho con la menor, otra tía dormía en una cama de una plaza y la bellísima Laura lo hacía sobre un sofá, siempre cubierta por una máscara de Sapolán Ferrini. Me tocó pasar la primera parte de mi infancia en esa pesada atmósfera, donde además estaban esperando la anunciada muerte de mi abuela Avelina. Si alguien preguntaba por ella, las otras, como en coro, respondían mecánicamente “está esperando las cuatro tablas”.
II. Esa abuela es la que homenajeamos con Marilú en + Mortadela+ . Por otro lado, sucedió que mi tío Pepe se ocupaba del restaurante en Argentina Sono Film, siempre lleno de estrellas mezcladas con trabajadores de la empresa.
Me gustaba visitarlo bien temprano o cuando estaba cerrado porque no se molestaba al verme hurgar por todas partes; desde los camarines, los estudios vacíos y todos los rincones que alimentaban mi curiosidad. Al negarse mi padre a que yo compusiera un personaje de canillita para cierta película, me sentí tan frustrado que para vengarme de algún modo terminé haciéndome peronista. Papá era radical y no le importó mi protesta a pesar de que los del partido me invitaban a recitar en los sindicatos y en diversos hospitales, entre otros lugares.
En Remedios de Escalada el gobierno había construido una serie de chalecitos muy populares. Enfrente había una enorme casona muy señorial y los dueños se vestían de paisanos igual que sus perros chihuahuas, que parecían gauchitos. Son imágenes de una riqueza impresionante, que todavía conservo.
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