| Cuando las sombras resplandecen de música
Doctor en física y profesor universitario en los Estados Unidos, Rojo es ante todo poeta, guitarrista, compositor y cantante. Actualmente se revela como una gran figura de nuestro panorama musical. Con voz profunda y fascinante canta a su tierra por diversas partes del mundo, uniendo cielos idénticos.
Por Fernando Noy / Fotógrafo: Jesús Guiraud
I
Cierto día mi padre, gran melómano, partió de viaje. Puse un disco de Chopin, un poco para imitarlo, y de pronto fue la primera vez que sentí la llegada de la música en forma visceral, casi orgánica, parecida a la primera vez que uno descubre la sensación del sexo. También me interesaba muchísimo la pintura. Comencé cuando nos mudamos a Pittsburg, Estados Unidos, con toda mi familia. Como mi viejo no se cansaba de comprarme todo tipo de materiales y libros de pintura, al poco tiempo ya lograba reconocer impresionistas, surrealistas, cubistas, etcétera. En nuestra casa todavía hay colgadas algunas de mis primeras pinturas que hice con no más de ocho o nueve años. Como mi viejo es profesor de filosofía de la ciencia, siempre me estimulaba con acertijos y explicaciones. También me explicó cosas como la teoría de la relatividad. A los diez años ya estaba fascinado por la idea de que existen misterios que se pueden abordar y estudiar sistemáticamente. Una gran revelación fue descubrir que Leonardo da Vinci, además de pintar, fue capaz de hacer bocetos para helicópteros, entre tantas otras maravillas. De alguna manera quise seguir ese modelo de multiplicidad donde no existe una división estática de disciplinas.
II
En esa época me pedían que cantara a capella porque todavía no tocaba ningún instrumento. Lo hacía para las fiestas y solo ante mis amigos y familiares. No me considero “cantante”. Cantante de verdad es alguien que toca muy bien el instrumento de su voz. En cambio sé que soy un apasionado guitarrista. Mi amigo Joaquín Amenábar me enseñó lo elemental. Como soy zurdo cambió de orden las cuerdas para pasarme algunos rudimentos, además de un par de posiciones fundamentales. Luego, comprando discos de Andrés Segovia, terminé de autoenseñarme a tocar la guitarra. Además de discos, buscaba partituras tratando de encontrar equivalencias. Frenando un tocadiscos con el dedo lograba descubrir nota tras nota y las iba sacando. Del libro escrito por Irma Constanzo me quedó muy grabada una frase advirtiendo que “la guitarra es un instrumento muy fácil de tocar mal”.
III
De regreso a la Argentina fui miembro del grupo Gaudeamus, del latín alegrémosnos. Eramos ocho que provocamos impacto en Tucumán: seis flautas dulces, un teclado y una guitarra que también hacía las partes de laúd. Era una manera de sentirnos protegidos en ese tiempo terrible. Quizás en cualquier momento histórico, lejos de 1979, hubiera desarrollado mi pasión por otro género.
Escuchaba mucho a Piazzolla, Mercedes Sosa y Yupanqui, hasta que recibí una beca de la Fundación Promúsica de Rosario para hacer un curso de guitarra en Bariloche con el maestro Eduardo Frasen. Era la primera vez que me enseñaban algo de técnica. Al finalizar el curso tocamos en el Auditorio del Instituto Balseiro, y justamente allí regresé al año y medio para continuar mis estudios de física, hasta doctorarme en 1990.
SI QUERES SABER MAS DE LA VIDA DE ESTE GRAN MUSICO, CONSEGUI EL PLANETA URBANO DE AGOSTO. |