Convivencia Urbana  


Según parece los porteños siempre fuimos caóticos. Desde la apertura de las primeras avenidas, convivir con la ciudad y con sus habitantes es una tarea ardua que requiere de grandes dosis de paciencia y tolerancia para no morir en el intento.

 Autora: Luciana Malamud

 Manual de convivencia urbana. Regla Nª1: respetar leyes preestablecidas en la Constitución y similares para lograr la armonía necesaria entre todos los convivientes. Regla Nª2: si se burlara la regla Nª1, aplicar la sanción correspondiente de modo ejemplificador. Regla Nª3: si no se cumplieran las reglas 1 y 2... ¡¡sálvese quien pueda!!

Ese es nuestro lema. Porque las callecitas de Buenos Aires tiene ese... no sé qué, ¿viste? Ayer eran las prostitutas, cirujas y botelleros. Hoy, los travestis y los cartoneros. Paseadores de perros, tacheros y colectiveros todos en la misma ciudad. Y ni hablar de la mezcla de razas y religiones. Somos raros, porque hemos sobrevivido a las corrientes inmigratorias de todas las épocas que incluso contribuyeron a conformar nuestra identidad. Hemos sido los más tolerantes (y lo somos), sin embargo, con el correr del tiempo poner un pie en la calle se transformó en un deporte de alto riesgo. Cada día puede convertirse en el último.

El diccionario nos enseña que la convivencia es la relación de buena armonía entre quienes conviven (es decir, viven con otros). La realidad nos enseña algo más. Cuando despertamos con la bocina intermitente del automovilista apurado por llegar a la oficina, que debió esquivar al estudiante en bicicleta, al motociclista de la mensajería que no puede más que pasar todos los semáforos en rojo y meterse hasta en el hueco más pequeño entre auto y auto, y además debió clavar los frenos detrás del 60 que no avisó sobre la siguiente parada, nos olvidamos de la Real Academia Española y maldecimos aun entre sueños.

Guiño y bocina

Todo sería más fácil si además de escribir las reglas pudiéramos respetarlas. Porque códigos hay muchos y bien conocidos. Por ejemplo, entre colectiveros y taxistas. Guiño y bocina son las señas para que el taxi sepa que el colectivero va a parar, levantar los pasajeros y volver a salir. Parece tan sencillo... pero no lo es.

“Son malos, son más malos que nosotros”, dice Carlos, chofer de la línea 71 que curiosamente también trabajó manejando un taxi. “Te encierran y hay quilombo todos los días. Un día se bajó uno con un palo y me rompió una lucecita. Pero uno no se puede bajar y pelear”. Tiene 51 años, hace 12 que trabaja en esto y, según parece, aprendió a evitar problemas.

Otros, a pesar del oficio, a veces pierden la calma y dan pelea. “Son molestos”, dice Pablo Ramírez, mientras larga el volante del 93 para hacer el gesto correspondiente con sus dos manos. “Van a dos por hora. Vos les tocás bocina y nada ¡Y encima te desafían a pelear! Deberían sacarlos de una vez por todas de las avenidas”.

Anécdotas para rato tiene este hombre de 50 años que trabajó durante 14 en la misma línea. “Una vez, yendo por Leandro N. Alem me siguió un taxista diciendo que yo lo había tocado. En la parada de Perón y Alem dejó el auto y se colgó de la puerta. `Abrí que te voy a matar`, me decía, y lo llevé colgado hasta la Casa de Gobierno. Hasta que bajé la velocidad y se fue”. A veces los entiendo porque sé que les cuesta hacer el dinero, pero no tendrían que circular más”.

Pablo tiene un amigo taxista con el que se juntan en el café y se cuentan historias deunos y otros. Como la que vivió un día cerca de Plaza Las Heras. “Le toco bocina, cruzo el coche y levanto el pasajero. En Coronel Díaz se me para al lado y me empieza a gritar palabras irreproducibles. Lo miré como diciendo `dejate de joder` porque no quería renegar. Después me cansó. Cuando arranco me cruzó el coche adelante. Yo me enojé y le tiré el colectivo encima. En el siguiente semáforo el tipo se bajó con un fierro y le dio a la puerta y al vidrio de la ventanilla. No lastimó a nadie de casualidad. Y el policía, como siempre, no estaba”.

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