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Desde el ámbito global que comprende al mundo entero, con sus diferentes razas y religiones, hasta el más mínimo, íntimo y familiar, con sus grandezas y miserias, la convivencia presupone un claro desafío para la condición humana. Un reto histórico que como dirigentes, profesionales, o simples vecinos debemos afrontar de cara al futuro.
Autor: Orlando Barone * (Especial para El Planeta Urbano)
La condición humana tiene tras de sí una histórica pugna entre la convivencia y su opuesto: la predisposición a violentarla. Ni siquiera las grandes religiones, que predican la paz, han conseguido durante largos períodos apartarse de esta última tendencia.
El historiador Samuel Huntington augura y anticipa la guerra de dos creencias para él inconciliables: la islámica y la cristiana; la del Oriente árabe contra la de Occidente. Huntington, desde su tribuna civilizada, profetiza improbable cualquier afán de coexistencia con el fanatismo. El poder occidental, llevado al paroxismo en las guerras preventivas actuales o anunciadas, sería para Huntington la razonable reacción moral defensiva del género humano. Género, obviamente, que estaría oficialmente radicado en Occidente.
Fue Heidegger quien inauguró la palabra coexistencia que influyó el existencialismo. “Hay un modo diferente -decía- en como es el hombre en el mundo de las cosas, que cómo es en el mundo con los demás hombres”.
Es curioso pero "Coexistencia pacífica" se le llamaba en la última mitad del siglo pasado a la rabiosa tensión contenida entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. El teléfono rojo en ambas cabeceras del poder acechaba latente como el anunciador del mal futuro del planeta, mientras el tierno mensaje de felicidad fraterna del “Principito”, de Saint Exupéry, simultáneamente batía récords de venta nunca vistos en décadas anteriores.
En igualdad de condiciones, aquella coexistencia de norteamericanos y rusos estuvo siempre al borde del abismo; pero una vez en la desigualdad, declarado ya un Estado más poderoso que el otro, se tiende a hablar de convivencia. Esta sucede cuando una de las partes deja de luchar por imponerse y se acomoda a la hegemomía de la otra. Pasa igual en el matrimonio.
Nunca me dejará de sorprender cómo hicieron los alemanes contemporáneos para construirse su coexistencia y convivencia próspera con los ex nazis, los ex comunistas que rompieron el Muro, los inmigrantes de la Europa pobre y los liberales, todos adentro. No sé si se aman pero al parecer el resultado no se los exige.
En cambio en grandes zonas pauperizadas de Africa, pueblos tribales se desangran en matanzas masivas. Hutus, tutsis, umbundus y mandingos se diezman entre sí defendiendo, paradójica y tragicómicamente, identidades y culturas que en la masacre se van despedazando.
Jonathan Swift decía “que los naturalistas habían observado que una pulga lleva sobre su cuerpo otras pulgas más pequeñas, que a su vez alimentan a otras más diminutas. Y así hasta el infinito”. Todavía el capitalismo no emula el ecosistema de las pulgas: casi la mitad del planeta yace sometida a la mera supervivencia y solo una tercera parte goza de los beneficios. La Argentina que nunca se aplica a emular las ventajas, copia fielmente los niveles de tragedia. La moraleja de Swift contradice al difundido cuento del elefante que cruza el río con el escorpión sobre su lomo para salvarlo y éste en la mitad de la travesía lo pica inoculándole el veneno, aun a costa de su propio salvataje “porque no puede resistir su naturaleza”. El escorpión es contrario a la coexistencia, a la convivencia y a la gratitud.
Y es además un egoísta pelotudo. Actitud que no es ajena a cierta categoría humana que no advierte que la convivencia permite, con muy poco desprendimiento, la tranquilidad que con la angurria no se alcanza ni en un barrio cerrado.
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