Tribus urbanas: Graffiteros S.A.


Artistas o vándalos, los graffiteros son más que un grupo de amigos que se fascina con ensuciar las paredes de la ciudad. Para ellos, el graffiti sigue siendo una buena forma de obtener respeto y atacar a la sociedad. Un fenómeno en crecimiento, mezcla de arte y adrenalina, que coquetea con la ilegalidad.

Por Luciana Malamud / Fotógrafo Matías Postiglione

Salir a bombardear es el primer paso. Tener una crew (banda), elegir un nick y dejar el tag (la firma) en la pared para salir corriendo, al mejor estilo del ring raje pero con aerosoles. Una especie de vandalismo inocente que se va perfeccionando, junto con el estilo, a medida que los chicos crecen, y hasta que algunos terminan transformándose en verdaderos profesionales del arte (y del vandalismo).

Graffiti hip hop le dicen, porque es uno de los cuatro elementos que componen ese movimiento junto al breakdance, el rap y los DJs. Y a diferencia de sus comienzos en Nueva York, a finales de los ‘70, con los trazos suburbanos de guetos marginados que pintaban todo lo que estaba a su alcance para hacerse oír, la movida enla Argentina viene por otro lado.

“El graffiti es totalmente libre, y a diferencia de las generaciones anteriores, no es tanto una forma de ‘quebrar el sistema', sino una rama más del arte y del diseño”, cuenta Brujo, uno de los integrantes de la DSR crew.

Con pantalones anchos o bermudas, musculosas, viseras y aerosoles en mano, los writers salen todos los fines de semana a pintar. Conseguir las mejores pinturas importadas se hace complicado después de la devaluación, pero si no hay se conforman con las otras. Todos empezaron mientras cursaban la secundaria, con la tentación de lo ilegal, la adrenalina de no ser descubiertos, escuchando rap, funck rock o intentando bailar breakdance.

“El graffiti es una de las mejores cosas que me pasó, no tiene fronteras. Es un mundo aparte -admite Matías (Ghost)-. Creás el mundo que vos querés y nadie lo puede cambiar”, explica.

Los dragones de Franco (Jazz) son famosos. Cobraron vida en el 2002, cuando empezaron a cambiar su firma por las legendarias criaturas, aprovechando su experiencia con las historietas. “Para mí se trata de ilustrar paredes. Al principio pintaba solo, pero no entendía nada. Pintaba mi nombre con algunos colores y nada más. Hoy ni pongo mi nombre”, cuenta el joven de 23 años que de lunes a viernes es empleado de la compañía Disney y escenógrafo del Teatro Colón, y admite que es uno de los que más se alejó del graffiti tradicional. “Como a todos, lo que me llamaba la atención era salir a la noche encapuchado a pintar por ahí y me mandaba solo. Pero lo más copado es estar con amigos, con la música y ver la reacción de la gente”.

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