Tribus Urbanas  


Kite surfers

Reemplazan la camisa y la corbata por trajes de neoprene. El calor de la urbe por el sol de la costa. Y el aire acondicionado de sus oficinas por el viento del Río de la Plata. La tribu de los kite surfers es cada día más grande y convierte poco a poco la moda pasajera de un deporte extremo en una disciplina. A falta de mar, “el kite” es una de las mejores alternativas de Buenos Aires, dicen.

Por Diego Abdo / Fotógrafa: Soledad Rubio

 Con los pies embarrados, en una playa de tierra salpicada por el agua de un río turbio, se preparan los primeros kitesurfers llegados de la urbe. Con el Río de La Plata como cómplice, los muchachos y las muchachas se disponen para la diversión, alejados del cemento de la gran ciudad.

Previo llamado para confirmar que va a haber viento, fueron llegando a la zona norte de la ciudad, despojados de maletines, los que hasta hace solo un par de horas eran formales empleados y oficinistas. Desarmaron los equipos, ajustaron las mallas y sus trajes de neoprene (los más sofisticados) y dejaron, por fin, guardada hasta el lunes una rutina fatídica de horarios.

Los más novatos, con sus cuerpos aún sin broncear, intentan pararse sobre la tabla y navegar al menos por un rato soñando con, algún día, volar.

No es el caso de Francisco, que es instructor desde hace tres años. “El kite tiene potencia y adrenalina -dice con su traje de neoprene y sus anteojos de sol inmóviles-. Se puede volar y saltar, y cuando estás más adelantado podés manejar una cantidad grande de pruebas”.

Francisco muestra como condecoraciones los tres puntos de sutura por una primera caída, siete por una segunda y un diente delantero víctima de alguna de las dos. No obstante advierte que “no es un deporte peligroso, sino más bien divertido. Lo peor que puede sucederle a un aprendiz es confiarse. Por lo demás, hasta los palos que te das son divertidos”.

Ligereza y elasticidad

Esta tribu parece no tener edad. Es común ver practicando a tipos ya maduros, pero naturalmente los que se destacan son los más jóvenes (la campeona mundial es una española de 10 años). Y eso tiene relación directa con la ligereza y la elasticidad necesarias para manejar con libertad una tabla de poco tamaño.

“El kite se aprende muy rápido en comparación con otros deportes. Es bastante versátil y radical -dice Andrés “Garoto” Cazaux, uno de los directores de la escuela Velavila, de Puerto de Tablas-. A un novato, dos semanas de puro entrenamiento pueden convertirlo en una persona lista para enfrentar al agua y al viento”.

Para Hernán Vila, director de windsurf de la misma escuela, lo importante en este tipo de deportes es “no perder el control y manejar la potencia que se tiene en el agua. Muchos optaron por el kite porque, por los vientos, es más adaptable al Río de La Plata que el windsurf ”. Sentado mirando al agua, Vila cuenta que “el kite” es una de las mejores alternativas de Buenos Aires porque “es súper divertido” y se practica en esta zona “que es de otro planeta” por la paz y la naturaleza “tan necesarias para el desenchufe”.

Otra de las virtudes del kite es que puede ser practicado tanto en el mar, como en un lago o el río. Punta Rasa, cerca de Villa Gesell, suele ser uno de los lugares elegidos. También Punta del Este y, desde ya, Centroamérica, donde el “power” de las olas enamora a todos.

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