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¿Cómo se vive el verano en una ciudad en continuo estado de alerta naranja? ¿Cómo disfrutar de la alegría cuando se vivió tanta tristeza? Shakespeare, SoHo, sinfonías clásicas y sandalias, un amuleto contra el peligro inminente en la gran capital de Occidente.
Por Valerie A. Martin (desde New York)
Una tarantela. Dos actores entrelazados en un diálogo ingenioso sobre un escenario rodeado de árboles bajo un cielo donde empiezan a asomarse las estrellas. La obra se llama Mucho ruido y pocas nueces (de William Shakespeare), pero aquí, en medio de New York, no se oyen bocinazos ni se ven rascacielos. No hace falta buscar refugio del calor agobiante en el aire frío de los shoppings porque por este lugar sopla una brisa tibia y reconfortante. Estamos en un teatro al aire libre en medio de Central Park.
Mientras tanto, al sur de la ciudad, en el Soho, el estrés se disipa con un capuccino en cualquiera de los numerosos cafecitos italianos para luego caminar hasta el Downtown y escuchar jazz al lado del río.
Esto es New York en verano. Una ciudad superpoblada de habitantes y turistas (10 millones para cuando termine la temporada, según NYC & Company, el ente oficial de turismo), con una increíble variedad de ofertas culturales.
Shakespeare in the Park (“Shakespeare en el parque”) es solo uno de los eventos tradicionales de verano. Cada temporada, desde 1957, trae a grandes actores al Delacorte Theatre del Central Park y se ha transformado en uno de los cientos de eventos fantásticos (y gratuitos) que la ciudad organiza para que su gente se escape del ajetreo del día-a-día y disfrute del arte al aire libre.
También para los conciertos son elegidos los parques. Fue en los de Queens, Staten Island, Brooklyn y el Bronx que la Metropolitan Opera ofreció su puesta de Madame Butterfly . La Filarmónica de New York presentó una serie de conciertos de Johann Strauss y Bedrich Smetana en Queens, el Bronx, Long Island y Staten Island. Mientras tanto, Central Park también fue el anfitrión de SummerStage: más de 30 producciones musicales que incluyeron pop, jazz, hip-hop y música regional, además de danzas y lecturas de poesía.
Los lunes a la noche son para el cine al aire libre. Todos llevan sus almohadones y mantas a Bryant Park, a espaldas de la Biblioteca Pública, donde se proyecta una película clásica todas las semanas. Otra serie, del Proyecto de Restauración de New York, lleva el cine independiente a jardines comunitarios del norte de la ciudad, como Brooklyn, Harlem y el Bronx.
Pero también hay lugar para artistas callejeros y el arte espontáneo. Union Square, en Greenwich Village, es el lugar elegido por los jóvenes (y no tan jóvenes) para congregarse, fumar, tocar o escuchar música. Cuando cae la noche, los grupos se van formando. La gente aplaude y corea canciones. ¿Y qué sería New York sin ese sujeto ochentoso con la radio bajo el brazo, moviendo el cuerpo al ritmo de alguna canción de rap? Si no tenés ganas de ir hasta un parque, basta con sentarse en algún rincón para esperarlo a él -ese prototipo neoyorquino salido de otra época, que sigue animando las calles de la ciudad-.
Canciones pop se filtran desde el interior de las tiendas. En el subte se escucha una gaita que entona una balada escocesa y en una de las salidas de Central Park un saxofonista toca What a Wonderful World. Un paseo por New York se convierte durante los meses de calor en una especie de fantasía urbana inacabable.
Microcosmos barrial
“Cuando pienso en New York en el verano -describe Elaine He (27), una editora de textos infantiles- pienso que en alguna cuadra de la ciudad se ha abierto un hidrante. Y que todos los chicos que viven dentro de las cinco cuadras salen, corren y gritan por el agua, mojándose y jugando”. En esta urbe inmensa existen pequeños mundos barriales, cada uno muy distinto al otro. Y los rasgos y la personalidad de cada barrio parecen potenciarse con la llegada del sol.
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