Como Perros y Gatos  


Si se trata de relacionarnos con nuestros pares, los humanos tenemos mucho que aprender. Con una “trama social” clara y un esquema de convivencia y supervivencia que regula su vida en “sociedad”; perros, gatos, canarios y hasta hámsters tienen mucho para enseñar.

Por Andrea Salgueiro

Llevarse “como perro y gato” no necesariamente debería significar llevarse mal. Los animales muchas veces son un claro ejemplo de que la convivencia es posible a pesar de las diferencias.

“Es como si dos comunidades estuvieran en un mismo territorio: rusos y chechenios, israelíes y palestinos, musulmanes y judíos, cada uno respetando sus reglas”, señala sin temor a exagerar el doctor en ciencias veterinarias y profesor en ciencias naturales Juan Enrique Romero. “La situación es comparable porque el gato y el perro no tienen nada que ver como especie desde el punto de vista etológico (del comportamiento)”, completa.

“El perro es producto de la creación del hombre -dispara Romero- no es un producto de la naturaleza”. La necesidad del hombre hizo que cada una de las razas tenga una función. “Separó a las 500 razas en veinte o veinticinco funciones diferentes, y convirtió al perro en un lobo con la careta de la raza que le toca”. Así surgió el perro de caza, el marcador (el pointer), el redileador o el que rodea la presa (el pastor), el de compañía, el de pelea, el guardián, etcétera.

El gato tuvo otra suerte. “De las 50 razas que existen, ninguna deja de ser gato”, enfatiza. Más mimoso, menos mimoso, con orejas grandes o chicas, marrón, blanco o negro, siempre es gato.

Son esos orígenes tan opuestos los que los hacen tener una marcada diferencia en la forma de relacionarse. El perro ve a la familia como la jauría, y a las autoridades que la integran como los lobos alfa, a los cuales obedece. “No ama la libertad porque nació para ser sumiso”.

Por el contrario, el gato tiene una estructura que Romero define como “el club de gatos”, que no es lo mismo que una familia porque tiene elección de autoridades, jerarquías y categoría de socios. Están los socios adherentes (toco y me voy), los socios activos (estoy todos los días y hago uso de todas las instalaciones), y están las autoridades y un presidente que defiende todos los días su puesto a cachetazos.

Cuando el gato vive en familia divide su mundo en dos partes. Del lado de adentro es el gato de casa y sus reglas son: mamá y papá son mis dueños, y del lado de afuera es el gato que responde a la vida del club.

Juntos, no amontonados

Pero… ¿qué pasa cuando perro y gato conviven? Ambos compiten por el mismo territorio, ritualizando cada uno desde su rol. Es muy difícil que un perro que nunca vio a un gato no se acerque para olfatearlo, y es en ese momento cuando el gato se declara como enemigo. “En el 90% de los casos le muestra que es su competidor a través de su siseo (ssssschhhhhhh), mostrando los dientes, llevando hacia atrás sus orejas”, explica Romero. Eso sí, la sangre nunca llega al río, porque para los animales, en palabras del especialista: “Soldado vivo sirve para otra batalla”.

Establecidos los límites, ambos los respetan para poder vivir sin conflictos. La jauría del perro y la estructura familiar del gato, convierten a cada esquema de conducta en dos ONGs que comparten una misma sede con reglas diferentes. “Y en el medio estamos nosotros, los humanos, esquizofrénicamente pensando que el perro y el gato forman parte de la familia”, ironiza.

 

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