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Voluntades Cautivas
Llegado desde lo más profundo del Africa, un culto esotérico y animista creció fertilmente en Haití. Allí el vudú se transformó en un culto sincrético de intenso y fascinante esoterismo, cuyo imaginario radical sirve como un vínculo comunitario para superar el desarraigo.
Autor y fotógrafo: Juan Etchebarne (desde Haití)
Al descender la escalera del avión en el aeropuerto de Port-Au-Prince, capital de Haití, un húmedo y sofocante calor transforma el aire en un fluido denso y adherente que hace más lento el desplazamiento hasta las escasas instalaciones. Allí, un enjambre de oferentes y mendicantes que balbucean palabras en francés, español o inglés tironean de nuestra ropa y disputan por llevarnos la valija hasta un taxi.
Afuera acecha el primer encuentro cercano con lo oculto, representado por un hervidero de tenderetes y vendedores que acosan hasta el fastidio ofreciendo toda clase de muñequitos, amuletos, objetos simbólicos y extrañas esculturas. La totalidad del ambiente exuda vudú. Se presiente en la mirada sabia y burlona de los melancólicos haitianos, en el bullicio pululante de las calles, en el contoneo de las caderas femeninas y en la negritud de las pieles que encierran mágicas almas haitianas.
Originado en Dahomey -hoy Benin-, el vudú peregrinó desde el Golfo de Guinea en la psiquis animista de los yoruba, los peul, los mandinga y otras tribus que habitaban el continente, desraizados y hacinados en las sentinas de los barcos negreros. En Santo Domingo, los amos franceses se preocuparon por segregarlos y dispersarlos en diferentes plantaciones, donde no se podían comunicar por sus diferentes dialectos para evitar rebeldías. Así, en base a un francés fragmentado y pervertido, al que sumaron vocablos y fonética africana, nació el creole, tan diferente del francés como el italiano del latín, única lengua que domina casi el 80% de la población.
El vudú admite “loas” o espíritus sobrenaturales que representan cada exteriorización de la tierra y mediatizan las relaciones del hombre con el cosmos, consigo mismo y con los demás. Son el puente al conocimiento de lo oscuro, el vínculo entre lo visible y lo invisible.
Un proceso de evangelización superficial acrecentó los arcanos de sus antiguas creencias animistas. Adjudicaron nombres y jerarquías de “santos” a sus “loas” y adaptaron las festividades de la liturgia católica a sus ceremonias, como el Mardi Grass. Equivalente a la Cuaresma, se celebra con un desfile de los houngans y los miembros de su cofradía, todos ataviados con sus vestimentas rituales.
El houngan -mambó si es una mujer- es el sacerdote vudú que dispone del poder absoluto del templo, generalmente un barracón mantenido en secreto llamado pérystile. Como psicólogos, médicos, adivinos, jefes espirituales y cívicos de la cofradía que reúnen en su templo, los houngans poseen cierto magnetismo extrasensorial que les permite inducir sugestiones hipnóticas. Aunque en secreto, pueden tener relaciones con otros pares y además se aseguran buenos vínculos con políticos y autoridades judiciales o policiales, a fin de mantener el respeto y las contribuciones que su cofradía dispensa a cambio de “medicinas”, favores o protección.
Por otro lado existe una categoría de sacerdotes siniestra llamados bokor, a quienes se describe como “sacerdotes que trabajan con las dos manos”, es decir, que practican la magia negra y la brujería. Ellos conocen el secreto de la prepararación del veneno y las dosis exactas que deben suministrarse para “zombificar” a un individuo.
Temidos por sus actividades dificilmente controlables, solamente un houngan o un bokor iniciado y consagrado puede invocar y llamar a los loas en un ritual. Pero si son charlatanes o se exceden en sus poderes, los loas pueden volverse en contra de ellos.
PARA SABER MÁS SOBRE ESTE CULTO, CONSEGUI EL PLANETA URBANO DE OCTUBRE |