Karina Jelinek


Texto de Sergio Varela/ Foto de Claudio Divella

¿Quién se atrevió a afirmar, sin antes conocer a esta exuberante, extraordinaria pieza de escultura humana, que "lo bueno si breve, dos veces bueno"? ¿Quién fue el fanático hasta la obcecación que -en nombre de vaya a saberse qué dogma absurdo- cometió el sacrilegio humano de obligar a mujeres de piel oscura como la sombra, como la noche, como ojos bien cerrados para luego abrirlos desmesuradamente, como un túnel de placeres intuidos e infinitos, como la de ella misma; mujeres habitantes de tierras remotas, a cubrir su piel hasta el tope de la nariz, ocultando sus encantos? ¿Quién se atreve a tocar en armónica un blues de ésos de 39 grados a la sombra para que la imagen de Karina Jelinek adquiera ribetes tridimensionales y coreográficos capaces de curar cualquier atisbo de miopía, astigmatismo o "mal de ojo"? ¿Qué intrépido andinista o surfer o piloto de fórmula uno se atreve a escalar, navegar, conducir semejante presencia? Después de observarla, mirarla, escudriñarla, contemplarla, estudiarla y volverla a contemplar, una de las preguntas ineludibles que surgen es: ¿Quién, por más filósofo y antiguo y sabio que fuera, puede, pudo, alguna vez, desestimar a las mujeres? La otra es: ¿Quién, por el amor de Dios, me puede acercar +¡¡¡yaaaa!!!+ el número de teléfono de esta persona? (Y una botella de champagne, dos copas y un CD lleno de blues de ésos de 39 grados a la sombra. Gracias.)