Texto de Robertino Villamil
Un músico carismático
y sin prejuicios. Oriundo de Alaska,
hijo de padre norteamericano y madre
argentina, pasó por Fairbanks,
Nueva York, San Francisco, Montevideo
y Buenos Aires. Un artista argentino
por decisión y por afecto.
¿Por qué volviste
a la Argentina justo con la crisis?
Por empezar, todavía no estaba
instalada del todo la crisis, por
lo contrario, estaba como que recién
entró la Alianza, y estaba
todo por verse. Había terminado
Menem. Supuestamente todo estaba mejor.
Eso por un lado. Por el otro el tema
de los amigos. Yo me había
hecho muchos amigos argentinos y me
cuestionaba mucho, después
de diez años, qué tan
argentino era. Estaba con mi mujer
Mariana, que es Argentina, y había
nacido Miranda, que ya tenía
dos años. Y estábamos
como bueno, probemos Buenos Aires
a ver qué onda. Además
necesitaba un respiro de New York.
Otro motivo fue que a fines de los
noventa, ´98, ´99, yo
veía que venían amigos
como los de La Guarda, artistas, gente
que estaba realizando proyectos de
acá que les iba bien, entonces
decía, por qué no pruebo,
por ahí estoy más tranqui
en Buenos Aires. Y de hecho el tiempo
me dio la razón. Vine con The
Nada bajo el brazo, tuvo muy buena
recepción, tanto de la prensa
como del boca en boca acá.
Al principio la gente me preguntaba
qué hacía acá,
y ahora puedo decir bueno, estoy acá
y gracias a que volví se editó
en España The Nada. Hay un
montón de cosas a favor.
¿Como encontraste
a la Argentina cuando volviste?
Vi una evolución favorable.
El argentino, el porteño, está
menos canchero, menos de eso de la
viveza al servicio de la boludez.
Porque es muy inteligente el argentino,
pero siempre fue como con esa inteligencia,
pero con ese miedo a lo exterior,
intimidado por lo de afuera. Medio
acomplejado en un punto. Me parece
que la riqueza que tiene el argentino
en general es lo que llamo el síndrome
culo del mundo. Que siempre tuvo como
ese aprecio por lo yanqui o por lo
europeo y un menosprecio para con
su propia cultura. Cuando volví
noté que los pibes, los jóvenes,
tienen un aprecio por la cultura local.
Y está bueno ese equilibrio.
Porque a la cultura argentina no hay
con qué darle, es muy rica.
Hay músicos muy grossos, hay
artistas plásticos muy grossos.
En las artes, cualquiera que venga
de Nueva York o de Europa, se cae
de culo.
Escuché que en Uruguay
sufriste el estigma de ser porteño.
Sí, me daba un poco de vergüenza
decir que era norteamericano y mentí,
dije que era porteño. Y los
uruguayos odian a los porteños.
Obviamente caí en la cuenta
rápidamente. Un día
los agarré a todos y les dije:
“Vengan a casa que les muestro
el pasaporte”. Y bueno, fue
muy gracioso porque no me creían.
Me decían porteño mentiroso,
porteño estás mintiendo.
¿Qué te quedó
de los ochenta?
Creo que fue una época súper-rica
localmente. Hubo una camada tremenda
de creadores. Yo siempre digo que
Sumo fue muy importante. Luca era
un ejemplo del desparpajo de un tipo
que decía “dale nena,
dame Nesquik, quiero verte next week”,
y yo decía “qué
bueno, está jugando con el
inglés y el castellano”.
Y viste, yo por ahí no me atrevía
porque era más pendejo y me
quería adaptar al castellano.
El yanqui que decía que era
porteño en Uruguay, era un
poco eso. La necesidad de adaptarme
me llevó a querer componer
en castellano.
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URBANO DE JUNIO.
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