| Distinta Con solo 25 años, dos discos, ocho premios Grammy y una fama que por momentos la ahoga, la cantante, que en estos días visita por primera vez el país, se presenta como una rara excepción en la constelación de las estrellas juveniles. Vocera de un estilo atemporal, la niña nerd es hoy una mujer con el mundo a sus pies.
Por Clara Cook
“¡Por favor suspendan las ventas!”. Fue lo primero que le pidió Norah Jones a Bruce Lundvall, director de la discográfica Blue Note, cuando se enteró que su disco ya había sobrepasado el millón de copias en solo seis meses y ella se veía, a los veinte años, invadida por una fama que nunca había buscado. “Sé que estuve un poco ingenua con ese pedido”, reconoce hoy, ya un poco más resignada a los flashes y a las entrevistas.
Ahora, con veinticinco años y una voz sugerente y plena de sensualidad, la chica, que tiene en su haber dos discos y ocho Grammys ganados en una sola noche, parece haber aprendido a disfrutar de su profesión. Aunque eso incluya una fama que por momentos la ahogue.
“El éxito mundial de Come away with me fue estresante y muy loco, y yo no sabía qué diablos estaba pasando. Era como un gran vendaval. Ahora me alegro de no estar ahí, pero cuando miro hacia atrás tengo buenos recuerdos”, dice Jones, que en un rapto de honestidad muy poco marketinera confesó que no veía la hora de entrar a un estudio para grabar nuevas canciones porque las del primer álbum la tenían cansada.
Una niña llamada Norah
Todo empezó el 30 de marzo de 1979 cuando el registro civil de Nueva York inscribió a una niña llamada Norah que llevaría el apellido de su madre, Sue Jones, una enfermera y promotora de conciertos de Brooklyn. Por ese entonces la señora Sue y el padre de Norah ya estaban separados.
Cuentan los que la conocen bien que la mejor forma de arruinar una entrevista con la joven luminaria del jazz es preguntarle por su padre. El es nada más y nada menos que Ravi Shankar, la persona que llevó la música de la India a los oídos de todo el mundo y quien le enseñó a George Harrison los secretos de la melodía y de la filosfía hindúes. “No me gusta hablar de él porque no tiene nada que ver conmigo ni con mi música”, dice Norah, que se reencontró con su padre recién cuando cumplió la mayoría de edad. “Por eso no puse mi parentesco en las primeras gacetillas de prensa. Aunque no lo niego, no quería tener éxito por esa vía”. Y, como si fuera poco, asegura que nunca podrían trabajar juntos. “Tenemos estilos muy diferentes”, dice categórica.
Si de estilos se trata, Jones recuerda que fue la música que escuchaban su mamá y su abuela la que la fue marcando desde sus inicios. Etta James, Aretha Franklin, Joni Mitchell, Hank Williams, Willie Nelson y Billie Holiday integraban la banda de sonido de la vida familiar. “Mi mamá escucha música cool -dice-, supongo que lo único que no le gustaba de lo que yo ponía era Nirvana, porque le parecía muy ruidoso”.
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