Texto de Robertino + PoLee / Foto
cortesía de EMI Argentina
Si bien el líder de Radiohead
-en plena gira promocional de Hail
to The Thief- debe luchar contra la
depresión que le ocasionó
la fama, sabe valerse de la misma
para comprometerse socialmente. Un
rocker de los noventa, versión
2003.
Nacido el 7 de octubre de 1968 en
Wellingborough (Inglaterra), Thom
nunca compartió la fortaleza
ni la salud ejemplar de su progenitor,
un ex boxeador que vendía equipos
de ingeniería química.
Es más, de chico padeció
una rara enfermedad en su ojo izquierdo
llamada tosis que, luego de seis infructuosas
operaciones, le dejó un párpado
a medio cerrar (paradójicamente
hoy es un símbolo de su look).
Hasta se vio forzado a usar un parche
en el colegio, lo cual agudizó
su propensión al autismo, inclinación
agravada por las mudanzas que lo hacían
cambiar continuamente de amigos. Una
vez terminado el colegio y mientras
estudiaba en la Universidad de Exeter,
Thom se juntó con Ed O’Brien,
Colin Greenwood y Phil Selway para
formar la banda On a Friday (los viernes
era el único día que
ensayaban) a la que, inspirados en
una canción de los Talking
Heads, más tarde rebautizaron
Radiohead... sin duda una de las bandas
más representativas de los
’90. Pero luego del éxito
que sucedió a su primer hit
masivo, Creep (en su primera gira
por los Estados Unidos cometieron
el error de tocarlo en cuarto lugar
durante sus shows, y luego de que
lo hacían se retiraba el 25%
de los asistentes) a Thom le tocó
vivir lo que para muchos es un sueño:
la fama; solo que para él -y
debido a las características
de su personalidad- pronto se le transformó
en una pesadilla. Tras el lanzamiento
de lo que muchos consideran “el
mejor disco de la década”,
el infalible OK Computer, su figura
tomó mayor dimensión
y la popularidad comenzó a
agobiarlo. Reticente a los medios,
para quienes sus reacciones fueron
desconcertantes, incluso llegó
a renegar de sus propias composiciones
al admitir que en algún punto
lo “enferman”. Y si bien
debió luchar para superar el
estado de depresión en el que
quedó sumergido, Thom nunca
desperdició las posibilidades
que esa fama de rock star le brindaba
para comprometerse socialmente. Así,
el pasado mes publicó en el
semanario inglés The Guardian
una nota titulada “Perdiendo
la fe”. Allí declara
que “Occidente está creando
una peligrosísima bomba de
tiempo económica, ambiental
y humanitaria (...) Los países
más pobres necesitan comerciar
en términos más justos
para poder dejar de estar de rodillas”,
y agrega que para eso “debe
haber un sistema de control corporativo
que mantenga a las multinacionales
al margen de la corrupción
y de los abusos ambientales y de los
derechos humanos”. Thom también
recuerda en su artículo el
frustrado intento de obtener una condonación
de la deuda de los países más
pobres en lo que fue el movimiento
Jubileo 2000 (encabezado por Bono
de U2... ¿quién más?).
“Buscaron cada excusa que pudieron,
pero la única razón
que yo pude encontrar fue que el Oeste
no puede abandonar su necesidad de
controlar el planeta de cualquier
modo que sea. No puede deshacerse
de su actitud colonial. Para mantener
el orden piensan que necesitan tener
sus dedos permanentemente rodeando
gargantas”. El último
pasaje es categórico e irrefutable:
“¿Seguimos predicando
este sistema de basura o admitimos
nuestros errores y tratamos de hacer
lo correcto de una vez? El Movimiento
por el Comercio Justo afirma que si
Africa, el este y sur de Asia y América
latina pudieran incrementar su participación
en las exportaciones globales en un
1 por ciento, eso haría salir
de la pobreza a 128 millones de personas.
¿Qué tan difícil
puede ser eso?”. Sin duda una
pregunta que nos deja pensando...
tanto quizá como las letras
de sus canciones. Gracias y ¡feliz
cumple, Thom!
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