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Freddy pasaba
todas las noches frente a su monitor de 21 pulgadas. Allí saboreaba
los contornos de señoritas sin ropa en sites porno. Era el típico
oficinista flacucho, con la frente transpiradita y las manos
regordetas. Había empezado a tocarse hace unos meses, cuando
su esposa decidió operarse de los juanetes por segunda vez en
el mismo año. Estaba cansado de que ella se perfumara y vistiera
bien únicamente para ver al médico. Su batón con olor a comida
rancia y las pantuflas de paño lo deprimían. Freddy quería acción.
No le importaba demasiado si las chicas eran latinas, rumanas
o vietnamitas, su único interés era guardar imágenes calientes
en su disco rígido, armar con ellas películas en flash y después
mirarlas una y otra vez en la soledad de su cuarto.
Una noche, mientras navegaba una página de sexo grupal maorí,
su mujer entró en el cuarto de repente. Freddy, en un solo movimiento,
cerró el Explorer con su mano derecha, al mismo tiempo que se
subía el cierre del jean con tanta mala suerte que logró enganchar
su pene entre los dientes. Creyó que iba a gritar del dolor
pero pudo conservar la cara de yo no fui y comenzó a transpirar.
La esposa sólo quería ir al baño y pasaba para ver si le faltaba
mucho con las planillas de cálculo. Como pudo se repuso del
apretón, volvió al Explorer y reclinó su silla-sofá para asegurarse
una espléndida noche.
Después de probar con el joystick de sus hijos, lo dejó porque
temía mancharlo o romperlo con un movimiento brusco -soñaba
con un cursor que se deslizara por la pantalla con órdenes verbales-.
Además de los sites eróticos, entraba en todas las páginas donde
vendían periféricos o accesorios ergonómicos para mejorar su
performance de navegador solitario. El hecho de tener una mano
ocupada sobre el mousepad no lo dejaba concentrarse tranquilo.
Hace dos meses empezó un curso intensivo de control mental para
pasar páginas con sólo pensarlo. |
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