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Por Nina
A todas aquellas mujeres que
han aparecido en la conciencia de
mis compañeros mientras hacíamos
el amor (y lograron maravillas con
nuestro sexo)
Dormía junto a mi pareja.
Uno de los bombones de la serie Queer
as Folk de I.sat me practicaba sexo
oral como nunca nadie antes lo había
hecho. Cuando desperté me encontraba
en una suerte de estallido onírico.
Comencé a hacerle el amor a
mi hombre, desenfrenada. Pero no era
él. El era John.
John, Jack, el vecino, la vecina,
el chico-chica que pasó por
la avenida sin advertir nuestra presencia
todos a la cama. Será difícil
no gemir su nombre, pero valdrá
la pena el intento. Como una especie
de Freddy Krugger, ese objeto de pánico
y deseo vendrá por ti. Se meterá
en tus sueños, hasta cuando
sueñes despierto.
Es un amante virtual. Te besa, te
lame, te acaricia, pero no lo sabe.
Y tu pareja tampoco. Claro, no es
que él (o ella) no te satisfaga.
El placer, acá, reside en otro
lugar: en crear con la complicidad
de nuestra mente un pensamiento prohibido,
compartido con absolutamente nadie,
crear una atmósfera salvaje
que culmine en un aullido agotador.
El grito que hará sentir a
quien te acompaña entre las
sábanas que lo ha hecho maravillosamente
bien. Que por su exclusivo mérito
has tenido un descontrolado orgasmo.
Tratar de diluir la imagen de quien
nos excita sería atentar contra
nuestra capacidad amatoria. La represión
(como violencia neutralizante en cualquier
sistema) culmina en parálisis,
pero en el movimiento todo se supera.
Ella se murmura: Le acaricio
el pecho, plano, lampiño. Lo
abulto e imagino que tiene un par
de exuberantes tetas como las de la
chica de Venus. El piensa: La
tomo por detrás, le aprieto
los hombros, la cintura, y siento
un sudor masculino ansioso.
Dejar que el pensamiento sea, que
exista como el último rincón
que nuestra especie no pudo neutralizar,
que nos transmita las escenas más
perversas e indecentes, es la más
bella tarea sexual. El resto es puro
simulacro. ¿De dónde
proviene el erotismo sino del más
obsceno fluir mental? El sexo es el
lugar común al que acuden los
amantes para desprenderse de las conductas
estandarizadas de la civilidad, para
dar rienda suelta a las más
trastocadas fantasías. Y a
la perversión. Y al sadismo
que se esconde como un minotauro en
el centro del amor para transportar
al plano real los deseos carnales
que nuestros antepasados debieron
reprimir. Penetrar, ser penetrados
y repenetrados. Pero no siempre quien
yace a nuestro lado, encima nuestro,
por debajo, ahí, donde más
nos gusta, es la misma persona a la
que le pedimos entrecortadamente más.
La pesada culpabilidad mosaica vendrá
luego con la calma. Sí, el
rostro de tu amor real ha sido el
rostro de tu amor imposible. Manos,
pies, boca, espalda, pelo, ombligo...
Su cuerpo entero ha reencarnado en
otro ser para esclavizarte en un acto
sexual fuera de serie. Cualquier intento
de exorcismo será en vano.
Además, si el amante virtual
te ha hecho sentir tan bien cuando
no lo controlabas, cuando aprendas
a dominarlo, ¿cómo pensás
que te va a hacer sentir?
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