La noche boca arriba por Sergio Varela

Ella avanza por sorpresa, ocupa con un veloz movimiento, casi como una sombra o un personaje de fantasía (pero a la vez con irresistible firmeza), el flanco izquierdo de la cama. Desde los rayos catódicos de la televisión, la inexpresiva imagen de Riquelme en el momento de ser reemplazado para recibir la ovación de la tribuna ocupa la pantalla en primer plano pulgada por pulgada. Ella, mientras tanto, cabecea suavemente su cabellera, larga y ondeada, opuesta por el vértice a las cabezas rapadas de la mayoría de los veintidós protagonistas del Boca-River, y me quita la remera con desesperación de fanático en medio de una vuelta olímpica. Entonces ella ataca con habilidad de wing izquierdo mis áreas más sensibles, me sorprende a contrapierna, en un delicioso foul sin sanción ni censura posible. "Siga, siga", pienso, a imagen y semejanza ideológica de aquel famoso árbitro permisivo, y en cuestión de segundos sólo recuerdo que no necesito acordarme más de lo que pienso; porque ya ella salta a buscar el centro, ya flamea como una gloriosa bandera bordada en sangre caliente y en sudores y lágrimas de color azul y oro; ya salta acompasadamente como la bastonera de una murga de La Boca, ya convierte la boca en coreografía, en finta, en jugada improvisada por el más hábil delantero de la Champions League; ya se me acerca en diagonal, ya me muerde como un mediocampista aguerrido, ya suspira en voz alta como un plateísta asustado por un penal a favor o en contra; ya grita imprecaciones guturales que se mezclan con ese aullido coral y desafinado de un gol reverberando en el "aire y luz" del edificio (junto con el escandalizado estruendo de una persiana cayendo de golpe como un auricular de consorcio). Ella es el primer tiempo, el segundo tiempo, es el entretiempo de todos los tiempos, porque ahora ocupa todas mis áreas, pulgada por pulgada, porque se abalanza como un marcador en un corner, hasta que, de pronto, emerge como una irrefrenable sirena humana: magnífica toda ella como una diosa griega o una maga y bruja druida en trance, como el desahogo multitudinario de un gol en el último minuto, como un contrataque fulminante. Ahora ella ocupa toda la pantalla, iluminada desde atrás y a contraluz por los rayos catódicos de la televisión, con un aura que subraya sus contornos y deja al descubierto su propia luz, acaso poco menos que irreal pero quizá más tangible que nunca, porque ya ella se aferra en un mano a mano de uñas y dientes, en un entrevero tempestuoso ajeno a reglamentos y normativas, y ya el control remoto salta como ella, viaja desorbitado como un balón despejado a la tribuna por un nervioso marcador central, porque ya ella se apoderó del remoto control, y pide más sudor como la tribuna a sus ídolos, y pide más juego como el director técnico a sus delanteros, y pide y da y ocupa la pantalla y grita y baila y juega y salta y sigue, ajena a cronómetros y despertadores y pantallas y superclásicos, y dibuja relevos y cambios posicionales, y conduce estrategias que conducen a la euforia, al éxtasis, y define por "vida súbita" en tiempo suplementario, y me gana por goleada y yo festejo.
Al día siguiente, apenas recuperado de una especie de desmayo voluntario, apago el imprevisible y algo "amazónico" ventilador de techo y la televisión. Al llegar a la oficina, me confirman que Boca ganó 2 a 1 y empiezo la jornada de mejor humor aún.
"Dios mío, qué mujer", acota en voz baja el portavoz del resultado.

Texto publicado en El Planeta Urbano N° 40

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