Ella avanza por sorpresa, ocupa con
un veloz movimiento, casi como una sombra
o un personaje de fantasía (pero
a la vez con irresistible firmeza),
el flanco izquierdo de la cama. Desde
los rayos catódicos de la televisión,
la inexpresiva imagen de Riquelme en
el momento de ser reemplazado para recibir
la ovación de la tribuna ocupa
la pantalla en primer plano pulgada
por pulgada. Ella, mientras tanto, cabecea
suavemente su cabellera, larga y ondeada,
opuesta por el vértice a las
cabezas rapadas de la mayoría
de los veintidós protagonistas
del Boca-River, y me quita la remera
con desesperación de fanático
en medio de una vuelta olímpica.
Entonces ella ataca con habilidad de
wing izquierdo mis áreas más
sensibles, me sorprende a contrapierna,
en un delicioso foul sin sanción
ni censura posible. "Siga, siga",
pienso, a imagen y semejanza ideológica
de aquel famoso árbitro permisivo,
y en cuestión de segundos sólo
recuerdo que no necesito acordarme más
de lo que pienso; porque ya ella salta
a buscar el centro, ya flamea como una
gloriosa bandera bordada en sangre caliente
y en sudores y lágrimas de color
azul y oro; ya salta acompasadamente
como la bastonera de una murga de La
Boca, ya convierte la boca en coreografía,
en finta, en jugada improvisada por
el más hábil delantero
de la Champions League; ya se me acerca
en diagonal, ya me muerde como un mediocampista
aguerrido, ya suspira en voz alta como
un plateísta asustado por un
penal a favor o en contra; ya grita
imprecaciones guturales que se mezclan
con ese aullido coral y desafinado de
un gol reverberando en el "aire
y luz" del edificio (junto con
el escandalizado estruendo de una persiana
cayendo de golpe como un auricular de
consorcio). Ella es el primer tiempo,
el segundo tiempo, es el entretiempo
de todos los tiempos, porque ahora ocupa
todas mis áreas, pulgada por
pulgada, porque se abalanza como un
marcador en un corner, hasta que, de
pronto, emerge como una irrefrenable
sirena humana: magnífica toda
ella como una diosa griega o una maga
y bruja druida en trance, como el desahogo
multitudinario de un gol en el último
minuto, como un contrataque fulminante.
Ahora ella ocupa toda la pantalla, iluminada
desde atrás y a contraluz por
los rayos catódicos de la televisión,
con un aura que subraya sus contornos
y deja al descubierto su propia luz,
acaso poco menos que irreal pero quizá
más tangible que nunca, porque
ya ella se aferra en un mano a mano
de uñas y dientes, en un entrevero
tempestuoso ajeno a reglamentos y normativas,
y ya el control remoto salta como ella,
viaja desorbitado como un balón
despejado a la tribuna por un nervioso
marcador central, porque ya ella se
apoderó del remoto control, y
pide más sudor como la tribuna
a sus ídolos, y pide más
juego como el director técnico
a sus delanteros, y pide y da y ocupa
la pantalla y grita y baila y juega
y salta y sigue, ajena a cronómetros
y despertadores y pantallas y superclásicos,
y dibuja relevos y cambios posicionales,
y conduce estrategias que conducen a
la euforia, al éxtasis, y define
por "vida súbita" en
tiempo suplementario, y me gana por
goleada y yo festejo.
Al día siguiente, apenas recuperado
de una especie de desmayo voluntario,
apago el imprevisible y algo "amazónico"
ventilador de techo y la televisión.
Al llegar a la oficina, me confirman
que Boca ganó 2 a 1 y empiezo
la jornada de mejor humor aún.
"Dios mío, qué mujer",
acota en voz baja el portavoz del resultado.
Texto publicado en El Planeta Urbano
N° 40
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