ROCCO SIFFREDI: 24 CENTIMETROS DE CULTURA
 

Texto de Felipe Viñals

¿Cómo te explicás que alguien reciba un sueldo de 50 mil dólares por vivir cinco días de sexo descontrolado? Y que sea, además, un muchacho como vos. Con ese glamour y ese despliegue de energía transcurren los días de la estrella porno que define con sus gestos y mohines la cosmovisión pasatista y caníbal de los años ’90. La persona indicada para ilustrar sobre los efectos que el Nuevo Orden Mundial provoca en la vida sexual de las personas.

El centro del monitor muestra a un hombre joven, de unos 35 años, con una altura cercana al metro noventa y un peso que se calcula en 85 kilos. Sus grandes ojos claros se posan en el torso de una mujer delgada, con un descomunal busto presumiblemente intervenido, que se sostiene en sus manos y rodillas sobre el follaje de un bosque. El joven permanece en una postura erecta, exhibiendo los atributos de su poderosa complexión. Se hace esperar. Con una ligera mueca donde se confunden el desdén y la lubricidad, escucha: “Oh, Rocco, please hitt me”. Conocer al protagonista de ese pequeño esquicio obsceno implicaría dar por sabido que nadie (nadie) puede morder la carne (torcerla, penetrarla, irritarla) con el mismo garbo que él. Que es Rocco Siffredi, alguien que puso en el mercado, durante 17 años, más de 900 producciones pornográficas y fue consagrado por el público y la crítica especializados como el actor triple X más representativo de la década pasada. Mientras John Holmes (el ícono porno de los años ’70) rodaba los blockbusters condicionados que recorrieron los rancios cines continuados del mundo, Rocco Siffredi demoraba su adolescencia en un pequeño puerto de la provincia de Chieti llamado Ortona a Mare, donde nació en 1964. Fue recién en 1989 cuando comenzó a protagonizar la serie de 23 películas que le concedieron, finalmente, el dinero y la fama.

A primera vista, la pornografía parece ser el género donde la exposición de la privacidad se expresa más radicalmente. Pero el cine hardcore es, paradójicamente, el simulacro más verosímil y a la vez el más estridentemente falso entre todos los textos mediáticos (los orgasmos de esas películas son más creíbles que la verdad de las noticias, quiero decir). Nada hay de privado en la exageración del placer ni en apocalípticos clímax simulados. Rocco Siffredi coincide: "Hay una gran diferencia entre mi vida sexual profesional y cotidiana. Me gustaría que no fuese así, de todas maneras. Rodar para el porno no siempre es agradable: todo lo tenés que hacer enfrente de una cámara, y nunca conseguís olvidarte de eso. En mi vida privada solamente hago las cosas que deseo hacer con mi pareja". A veces, sin embargo, el milagro se produce y esos cuerpos mecanizados regalan el espectáculo privado de su cúspide libidinal. Siffredi dice que puede darse cuenta cuando una chica finge su orgasmo hasta cuando la ve en un film. Dice que no es tanto una cuestión de humedad, sino algo relacionado puramente con las vibraciones corporales. Dice que él siempre consigue llevarlas, por más ariscas que sean, hasta ese lugar. Que es el más macho de todos, un semental macarrónico, un espectáculo dantesco, un capomafia del mundo fálico, Zeus convertido en toro blanco, el tótem y el tabú, etcétera, etcétera.

SI QUERES SABER MAS SOBRE ROCCO, BUSCA LA NOTA COMPLETA EN EL NUMERO DE SEPTIEMBRE DE EL PLANETA URBANO.