Texto y fotos de Lucila Scibona
Amantes de los deportes extremos
y adictos a la adrenalina: el paraíso
existe y se encuentra en Nueva Zelanda.
Un recorrido por los más bellos
y exóticos paisajes que conforman
el escenario ideal para practicar
deportes de riesgo.
Así como existe la Ruta
del vino, la Ruta maya
o la Ruta 2 a Mar del Plata, podríamos
llamar lo que ofrece Nueva Zelanda
como La ruta de los deportes
extremos: una sorprendente combinación
de adrenalina, naturaleza y misterio
que llenan la vista y complacen al
espíritu más aventurero.
Pocas veces encontraremos una mezcla
tan especial de sensaciones en tan
pocos kilómetros cuadrados,
en una tierra que a pesar de estar
fuertemente marcada por la cultura
británica lucha por mantener
vivas sus raíces. El agua salada
del Pacífico embriaga con su
perfume, un verde exuberante tiñe
todos los paisajes y un lejano rugido
maorí nos recuerda que estamos
en tierra de guerreros.
Las dos islas de Nueva Zelanda derrochan
tanta naturaleza como adrenalina,
en una ruta de norte a sur que no
da respiro. La primera parada obligada
es en Waitomo, un pequeño poblado
a 200 km de Auckland, famoso por sus
cuevas. A media hora de camioneta,
la boca de una gruta se abre ostentosa
en medio de la montaña, donde
30 metros más abajo corre un
río subterráneo. La
única manera de bajar es haciendo
abseiling, una especie de bajada en
rapel suspendidos en el aire. El río
nos conduce por una serie de rápidos
internos que se abren paso entre las
rocas y la oscuridad, y lo más
gratificante llega cuando se apagan
las luces de los cascos y el techo
de la cueva nos deleita con una noche
estrellada sin estrellas. En realidad
estamos bajo miles de glowworms -insectos
similares a las luciérnagas-,
que iluminan el interior con su azul
extravagante. El problema llega a
la hora de salir, cuando se impone
una escalada de 30 metros por una
pared de pocos grados de inclinación
y cubierta por un verdín resbaladizo.
Claro que el trabajo se vuelve el
doble de arduo si tenemos en cuenta
que solo contamos con nuestras manos,
los pies enfundados en unas botas
de goma llenas de agua y un traje
de neoprene empapado que impide cualquier
movimiento acrobático.
A unos 160 km de Waitomo se encuentra
Rotorúa, una de las ciudades
más versátiles que nos
deleita con infinidad de paisajes
y aromas extraños. Esto se
debe a que dispone de actividad termal
permanente. En cualquier plaza nos
topamos con charcos de barro hirviendo,
rocas teñidas de azufre y un
humo constante que emana copioso de
las alcantarillas. Los parques Wai-o-tapu
y Waimangu proponen un espectáculo
único de lagos naranjas, amarillos
y verdes imposibles, donde cada géiser
tiene aproximadamente 20 metros de
altura.
A pocos kilómetros corre el
indomable río Kaituna, que
nos invita a experimentar 1 hora de
rafting grado 5 (un río grado
6 es innavegable). Los primeros metros
de remo nos permiten disfrutar del
agua tibia. A medida que crecen los
rápidos, todo se vuelve intenso.
Los brazos se esfuerzan por luchar
contra la corriente, el agua nos golpea
en la cara y nos impide ver lo que
viene: una cascada de 7 metros sumamente
empinada que escupe chorros de agua
incontrolable. No tomar la posición
correcta en el bote significaría
algo más que un raspón.
Llega el momento y, con las manos
apretadas a los cabos del bote, caemos
estrepitosamente. El corazón
se detiene por unos segundos y el
bote se llena de agua, pero nos devuelve
sanos y salvos a la tranquilidad del
río.
Sin romar un respiro, y a una hora
de Rotorúa, estamos en Taupo.
Este pintoresco pueblo flanqueado
por el lago homónimo también
deslumbra con su actividad termal,
con impresionantes cascadas de un
verde intenso y con el bungee jumping.
El misterio y el vértigo que
genera esta actividad nos pone entre
la espada y la pared; la razón
se bate a duelo con el espíritu
y la decisión llega por fin:
Sí, me animo. No
hay sensación más indescriptible
que la de estar al borde del puente,
medio pie apoyado y medio pie afuera,
los brazos en cruz, los tobillos atados
con una goma elástica que siempre
resulta insignificante y la mirada
fija hacia el frente, tratando de
no bajarla para convencernos de que
esto es seguro. Y tal vez el hecho
de que no lo sea en un ciento por
ciento sea lo que genera tantas sensaciones
encontradas. La cuenta regresiva y...
el mundo se nos viene abajo con el
salto al vacío, los segundos
se vuelven horas y al fin rebotamos,
como si no hubiera gravedad, en un
éxtasis sin comparación.
O como dijo alguien por ahí:
Es la mejor sensación
que podemos tener con la ropa puesta.
SI QUERES LEER LA NOTA COMPLETA,
BUSCALA EN EL NUMERO DE JUNIO DE EL
PLANETA URBANO.
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