|
Texto y fotos de Roberto Villamil
Un viaje encantador a la isla del
encanto. Las nuevas comodidades de
Copa Airlines en contrapunto con la
historia del viejo San Juan. El observatorio
de búsqueda de vidas extraplanetarias,
relatos de piratas y corsarios y la
cerveza ritual durante el Puerto Rico
Heineken JazzFest.
La travesía en el avión
de Copa Airlines es placentera en
grado sumo, casi como esos agudos
amables de Miles Davis, que parecen
transportar los sentidos a una dimensión
conocida pero no por eso menos disfrutable.
Así transporta, en una exquisita
partitura aérea, el Boeing
737-400 que me eleva (ésa es
la palabra, dada la placidez del viaje)
hacia Panamá City, sobre el
pacífico Océano Pacífico.
En una rápida conexión,
comparable con un contrapunto inspirado
de notas veloces a lo Charlie Parker,
otro vuelo, más breve, me acerca
a San Juan de Puerto Rico. Mientras
saboreo una gaseosa a 10.000 metros
de altura, las nubes me ofrecen una
suerte de ensoñación:
si bien estoy a punto de descubrir
la Isla del Encanto, como lo hiciera
Colón el 16 de diciembre de
1492, me siento más cercano
a los primitivos habitantes de la
entonces llamada isla Borikén,
los taínos, quienes -además
de inventar la canoa y la barbacoa-
celebraban las decisiones políticas
con festivales musicales y de danza
llamados “areytos”, que
tenían lugar en plazas públicas
denominadas “batey”. Ese
espíritu festivo me sorprende
apenas piso el suelo de la isla, especialmente
en el Viejo San Juan, declarado por
las Naciones Unidas como Patrimonio
de la Humanidad.
Por las calles de San Juan
Razones y huellas de deslumbrante
arquitectura e historia le sobran
a este lugar para semejante reconocimiento.
Si bien desde que recibiera el nombre
de San Juan -en honor a San Juan Bautista-
y que Juan Ponce de León fuera
su primer gobernador (recordado por
su búsqueda de la fuente de
la eterna juventud), la ciudad fue
coordenada de búsquedas de
“patrimonios” mucho menos
altruistas y pacíficos.
En la época del Imperio Español,
el oro y la plata extraídos
de las prósperas minas de Perú
eran trasladados por barco hasta la
actual ciudad de Panamá. De
allí a lomo de mula, cruzando
el estrecho, llegaban a Portobello,
en el Caribe. Desde esa escala partían,
nuevamente en barco, para La Habana
o San Juan de Puerto Rico. Debían
esperar entonces durante uno o dos
años la formación de
un convoy para trasladar, custodiados
por expertos (barcos de guerra), los
tesoros a Cádiz (riquezas que
llegaban devaluadas en un 30 % del
caudal con el que partían,
para desconcierto del Consejo de Indias
y beneplácito de las familias
de los capitanes de los barcos).
Uno de los hitos de los tiempos pasados
es La Fortaleza, actual residencia
oficial de la gobernación de
Puerto Rico; pero el emblema arquitectónico
e histórico es El Morro, construido
en 1595 para evitar el avance de Francis
Drake, informado de que en Puerto
Rico había dos millones de
ducados de oro. Este bastión
detuvo, aunque solo momentáneamente,
la invasión británica
a la isla.
PARA VIAJAR VIRTUALMENTE POR LA ISLA
DEL ENCANTO, BUSCA LA NOTA COMPLETA
EN EL PLANETA URBANO DE JULIO.
|