El club de los Adictos al Sexo

Con la confesión pública del golfista Tiger Woods de haberle sido infiel a su esposa con diez mujeres, millones de personas en el mundo debaten si se trata de una enfermedad o, simplemente, de desesperación.

Por Marina Ponce

Volaba de New York a Utah la mañana del 27 de noviembre de 2009 y los noticieros norteamericanos sólo hablaban del accidente automovilístico de Tiger Woods provocado por una pelea doméstica con su mujer. Un choque confuso, una esposa alterada e infidelidad eran los common tags de cualquier cadena de noticias. Si la mujer lo molió a golpes con un palo de golf o no, quedó en un segundo plano cuando se descubrió “el móvil”: su romance extramatrimonial con Rachel Uchitel, host de un club nocturno de NYC. El secreto había salido a la luz y junto a éste, el rumor de que Rachel no era la única que se revolcaba con Woods. Sí, al número 1 del golf mundial le gusta salir de putas: so what?
En USA esa noche se festejaba Thanksgiving, con lo cual el 98% de la aeronave estaba conformado por oriundos de Salt Lake City, la ciudad mormona por excelencia: imagínense las reacciones de mis compañeros de vuelo. Sí, muy Gillete todo, muy Tag Heuer, muy AT&T. Me imagino una reunión de los agentes de prensa de Tiger Woods: “¿Qué dijimos cuando saltó lo de Clinton?”.
Hace unos días, esta vez en un vuelo de Atlanta a Buenos Aires, la noticia del aire era que Tiger Woods, en una conferencia de prensa, había pedido disculpas a medio mundo por tamaña decepción. Defendió el buen nombre de su esposa, la modelo sueca Elin Nordegren, y aceptó toda responsabilidad por su mal comportamiento. Afirmó estar en pleno tratamiento terapéutico y dijo que necesita ayuda para combatir su adicción al sexo. “I cant afford be a sex addict”.  Fue lo que me dijo mi compañero de vuelo: un muy simpático, pero físicamente desagradable sexagenario japonés.

Opiniones calificadas
Mientras los psicólogos, sexólogos y psiquiatras del mundo entero parecen no ponerse de acuerdo en si la adicción al sexo -también llamada hipersexualidad- es una enfermedad o no, lo que me pasa a mí es que no sé si cagarme de risa o instruirme. Después de tirar todos los chistes dignos del autóctono Negro Alvarez que se me ocurrieron, me entrevisté con algunos amigos psiquiatras y sexólogos para los que este tema es moneda corriente, ya que mi sospecha radica en que, más que ciencia, acá hay una fuerte especulación sobre un tema históricamente controvertido y tabú en el que recién se está empezando a ahondar e investigar.
Palabras más, palabras menos, todos arrancaron con definiciones que parecían robadas de Wikipedia, algo bastante lógico siendo que la DSM IV (4ta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la American Psychiatric Association) no contempla la adicción al sexo y tampoco contiene una categoría en la que se haga referencia a ella.
El sexo se suma al alcohol, a las drogas, al juego, a la comida y al shopping -entre otros- a las filas de la dependencia psicológica. A este ritmo, no nos van a alcanzar las escuelas en horario extraescolar para hacer “reuniones” de adictos anónimos.
La hipersexualidad es una patología que refiere a un fenómeno en el que la persona no puede manejar su propio comportamiento sexual. Y como la conquista del placer -y no el placer en sí- es lo que los motiva, parece ser que al final del día el adicto al sexo no disfruta. Contrariamente a lo que mi ignorancia pregonaba, esta gente sufre y la pasa mal, porque “llegar” les significa el final de su motivadora búsqueda.
Independientemente de que la inclusión de palabras como “fenómeno” y “desorden” en algunas definiciones me hagan algo de ruido, me pregunto qué pasó con los conceptos de ninfomanía y satiriasis. Quedaron en el siglo pasado, ¡eso sucedió! Pasó que nació el marketing: satiriasis es un vocablo impronunciable y, para ser franca, la imagen de una ninfómana está más asociada a la Coca Sarli que a Giselle Bündchen. La primera, hoy en día, solo vende Fernet.

Ricos y famosos
¿Será un invento de un selecto grupo de ricos y famosos o la adicción al sexo existe de verdad?
La primera vez que escuché sobre la adicción al sexo fue en los ’90, cuando después de ser descubierto con otra mujer por su propia esposa, el rumor que tenía por protagonista al actor norteamericano Michael Douglas como “adicto al sexo” finalmente se hizo público.
Robert Downey Junior, Hugh Grant, Amy Winehouse, Rob Lowe, Lindsay Lohan, Hugh Jackman, David Duchovny, Britney Spears -entre otros- son los que se pueden dar el lujo de autoproclamarse adictos al sexo y jugar con la fantasía ajena y el morbo de sus fans.
Mi primo, “el manía”, tiene 35 años y -salvando obvias diferencias- más o menos los mismos problemas que esta gente: no puede parar de pensar en sexo, masturbarse y colgarse del wifi del vecino para una maratón de YouPorn. Pero a diferencia de las celebrities de Hollywood es un gordito looser, empleado administrativo, pelado, que vive con los padres en Quilmes y no tiene verdaderos planes de emancipación.

Sexo por mil
Un veterano de guerra, en los Estados Unidos demandó a la empresa que lo despidió por visitar páginas porno en Internet durante su horario de trabajo. El hombre sostuvo que sufría de Adicción al Sexo y sus abogados alegaron que utilizaba Internet para automedicarse contra el estrés postraumático que sufría. Un genio.
Excusas, sobran:
l No jefe, ¡yo trabajo! No me estaba masturbando en mi escritorio: Soy adicto al sexo.
l No te cagué con tu mejor amiga: Soy adicto al sexo.
l No disfruto revolcándome con mi secretaria: Soy adicto al sexo.
l No, tu hermano no me calienta: Soy adicta al sexo.
l Está bien, ¡no fui a ninguna reunión! Fui a una orgía:  Soy adicta al sexo.

La nota completa en El Planeta Urbano de Marzo