Cerebro de reptil
Autor: Dr. Osvaldo Duloup
En una secuencia evolutiva esquematizada puede distinguirse la existencia de un cerebro instintivo o “de reptil”, otro emocional o “límbico”, y finalmente un cerebro racional o “cortical”. Todos coexisten en cada ser humano y cumplen funciones diferenciables, aunque siempre tendientes a determinar algún comportamiento conductal.
El cerebro más primitivo -aludido como “de reptil”-, domina las acciones cuando el sujeto siente amenazados los intereses asociables directa o indirectamente a su propia supervivencia.
El cerebro límbico o emocional permite el reconocimiento de la coexistencia de otros congéneres, así como entablar con las mismas relaciones calificables genéricamente como “empáticas”. En las potencialidades del cerebro límbico tienen origen los conceptos y comportamientos éticos.
Finalmente, el cerebro “cortical” es el que permite el procesamiento racional de la percepción del medio -empírico y social- en que el sujeto existe, a cuyo fin elabora modelos conceptuales de intelección jerarquizados según la eficacia que revelen para aproximarse progresivamente a la verdad material.
Ahora bien, los seres humanos, en su sentimiento de aprecio creciente por la libertad, la dignidad personal, la posibilidad de construir su destino y la asunción de las consecuencias de los propios actos, han impulsado la evolución de las organizaciones político-sociales hacia las democracias. Estas formas de organización suponen que sus miembros -si bien valoran la vida comunitaria- no desean ser gobernados o manejados por ninguna autoridad superior, por lo que solo admiten que las reglas que regirán sus conductas en sociedad serán las que se autoimpongan. Así, se reunirán y tomarán decisiones por mayorías que consideren valorativamente suficientes como para que la decisión de vivir en determinada sociedad y acatar las normas que se autodictan sea vivida como coherente y razonable.
Por la creciente sofisticación de los intereses que se desarrollan en las organizaciones democráticas se han diseñado modelos tendientes a asegurar la funcionalidad de las mismas, con sistemas de contrapeso en el poder formal que impidan formas de concentración indeseables y aseguren niveles adecuados de autonomía personal. Aparece así la división de poderes como se la conoce actualmente y la garantía primordial de la libre expresión y prensa.
El dictado de las leyes debe ser precedido de una “exposición de motivos”, los fallos judiciales de “considerandos”, y los decretos del poder administrador de las razones o “causas” de sus decisiones, siempre en el plano de la racionalidad. Las críticas y reflexiones a esos fundamentos de las conductas de los poderes públicos, ensayadas con honestidad, conducen a las sociedades a su progreso, en el que el conocimiento, la ética y la satisfacción de las necesidades materiales conforman una trilogía de complementariedad probablemente inescindible.
Por eso se espera de los gobernantes, es decir, de aquellos en quienes se delega por mandato la mera administración de los intereses propios y comunes -identificados como tales por los propios miembros de la sociedad y no por la clarividencia de algunos-, que actúen con cerebro cortical, receptando empáticamente las valoraciones sociales como único medio para propender al progreso genuino en la satisfacción de las necesidades de supervivencia relativa, sean cuales fueren los niveles de elevación de las mismas.
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