Sin maquillaje
Dr. Feelgood
La traumatología es una especialidad para vagos morbosos que trabajan para cumplir un horario, firmar una receta de diclofenac y obligar al resto de los mortales a llamarlos “doctor”. El traumatólogo es a la medicina lo que un empleado municipal a la sociedad, lo que un decorador de interiores a la arquitectura.
Era el cuarto traumatólogo que veía en una semana. Como suelen no pegarle en el diagnóstico, apenas cierro la puerta del consultorio, llamo para pedir turno con otro, y así hasta terminar en la guardia de la prepaga llorando de dolor. Después de casi dos horas de espera, finalmente el traumatólogo salió del quirófano y, al enterarse de que todavía tenía un paciente, agarró una botella de vino envuelta para regalo y huyó -literalmente- dejándole al pibe de la recepción la incómoda tarea de darme la noticia. Finalmente me atendieron y la resonancia magnética arrojó el diagnóstico: esguince de tobillo. Esto se tradujo en un free-pass de 10 sesiones de kinesiología, no correr, no gimnasia, y tres kilos de más.
Gracias a que el Dr. Druetto me dejó en la sala de espera como a un Garoto de fruta de esos que no come nadie, conocí a un kinesiólogo irresistiblemente feo, y me enamoré -no a primera vista-, sino más bien promediando la rehabilitación.
Sin anillo, ni muñequitos enchapados en oro colgando del cuello, pasó la última prueba de fuego: la de los mocasines. Los médicos suelen vestirse muy mal, sobre todo los que usan ‘ambo’ en lugar de guardapolvo con su apellido bordado en cursiva con hilo azul y una birome en el bolsillo. El truco está en chequear el calzado: los mocasines, ya sea en gamuza o cuero, con costuras blancas y/o flecos vienen indefectiblemente con pantalón pinzado color caqui, camisa rosa y el perchero entero de un local de Kevingston. En cambio, las zapatillas prometen al menos jean, remera y -a mi sano juicio- decencia.
El usa zapatillas como Doctor House, y me vuelve loca.
Coquetear con un médico -o con un instructor de tenis- está en el top five de cosas patéticas que hacen las mujeres, y de solo pensarlo no puedo parar de reproducir internamente diálogos de explícito doble sentido dignos de un guión de Sofovich. El hecho de ser bastante práctica en mi vida se traduce en no saber histeriquear. Consciente de esta ineptitud, tiendo a creer que resulto obvia cuando en verdad termino siendo indiferente y antipática con el objeto de conquista (es decir, el sujeto a conquistar). En situaciones de tensión sexual soy torpe, tartamudeo al hablar, me pongo colorada y hago chistes malos. Muchos. Uno atrás del otro.
Acorde con esto, mis sesiones se desarrollaron con total anormalidad: casi me desnuco al perder el equilibrio en una camilla, estoy llena de moretones por haberme tropezado en reiteradas oportunidades con la misma silla y más de una vez tuvieron que despertarme al finalizar la sesión de magnetoterapia (léase que desconozco qué sucedió durante esos minutos, si ronqué como un rinoceronte o me babeé peor que un bulldog).
Cuando por fin me relajé y la cosa empezó a fluir merced a diálogos menos ansiosos y más genuinos, al Licenciado se le dio por hacerme un masaje rehabilitante levantándome el jean hasta la rodilla. Ahí nomás me corrió un sudor frío por la espalda, abrí grande los ojos y casi salto en la camilla para increparlo:
-¿Qué hacés? ¿Estás loco? Tengo un esguince de to-bi-llo... y ¡turno con la depiladora recién a las 5!
Pero me limité a cerrar los ojos y a hacer fuerza para que se cumpliera mi deseo: ser metida dentro de un patrullero con una campera en la cabeza.
Llegué a la última sesión esperando que me invitara a salir, rezando como cuando jugaba a la botellita en la primaria: “Que me toque con el kinesiólogo, que me toque con el kinesiólogo”.
-“¡Ponce! -gritó su asistente con mi ficha en la mano-. El doctor Eugenio Murguiondo no viene hoy, acompáñeme por favor”. (Juro que hizo el gestito de “Síganme los buenos”).
Asentí como una actriz de reparto de comedia romántica a la que le tocó el rol de amiga looser de la protagonista y fui a que me diera de alta un flogger.
Al llegar a casa me preparé un Bloody Mary con mucho vodka y le envié un mail a Murguiondo con las siguientes palabras:
¿Me hago romper el tobillo izquierdo para que me rehabilites o me vas a invitar a salir?