INTIMIDAD 2.0

La exposición llegó a la web. Cada día son más las personas que reflejan su vida privada en redes sociales, blogs y fotologs. La necesidad de mostrarse, alcanzar popularidad o ser reconocido a cualquier precio abrió el juego de los debates. ¿Cuál es el límite? ¿Somos lo que mostramos? ¿Nos convertimos en esclavos de la imagen? Bienvenidos a la era Facebook.

Autor: Ignacio Magurno / Fotografía: Sole Rubio

Si quisiéramos hilar fino deberíamos comenzar este artículo citando el artículo 19 de la Constitución Nacional, que sepultaría cualquier conjetura que se intentara hacer sobre la intimidad y la privacidad, ya que lo que este apartado dice es que esas acciones están solo reservadas a Dios mientras no ofendan la moral pública ni perjudiquen a un tercero. Entonces cabe preguntarse, ¿por qué se discute hoy sobre los avances de la tecnología que generan que gran parte de la población exponga su vida sin prejuicios ni culpas si no hay nada que, a priori, lo condene?
La culpa de todo la tiene internet. O bien, el surgimiento de la llamada Web 2.0, concepto que se aplica a esta nueva generación de web basada en redes sociales, blogs, fotologs y YouTube, donde el usuario tiene una participación trascendental a la hora de generar contenidos e incluso como transmisor de la información.
Esta evolución en la manera de comunicarse y establecer relaciones fue generando un vicio difícil de controlar: el de la exposición de la vida privada en la web. El fin de la intimidad.
“La privacidad en el mundo de hoy es con suerte un recuerdo nostálgico. En la actualidad, donde lo cotidiano pretende ser siempre un espectáculo y los referentes se disipan con una velocidad vertiginosa, ser visto parece ser el recurso privilegiado para adquirir existencia. Por lo tanto, el antiguo cuidado por preservar la intimidad se ha convertido en el afán por publicitarla. El anonimato parece ser la amenaza que hoy acecha”, explica el doctor José Eduardo Abadi, médico psiquiatra y psicoanalista.
“Me parece que tiene que ver con el presente y con la necesidad de ser visto y alcanzar cierta fama, una tendencia simbolizada tal vez con la explosión de los reality shows en la televisión de los últimos años. La web y sus herramientas (simples y gratuitas) permiten subir contenido como texto, audio, fotos, videos, y eso genera muchas oportunidades de sobresalir con tu trabajo, tu físico o lo que tengas para ofrecer”, dice Leandro Zanoni, periodista, creador del sitio eBlog y autor del libro El imperio digital, de reciente edición.
En esa visión se ampara también la postura de Diego Grillo Trubba, sociólogo, pero también escritor y periodista, que reflexiona: “Las últimas décadas dieron cuenta de un fenómeno extraño: casi cualquier persona cree que su vida merece ser conocida. Esto se aprecia en reality shows, pero es solo la punta del iceberg. Lo que antes se reducía a personas más o menos molestas que se le acercaban a escritores diciéndoles ´a mí me pasó algo que merece que usted lo escriba´, ahora perdió la mediatización, con lo cual cualquier hijo de vecino posee los recursos para hacer pública su vida. Supongo que en esto han tenido su peso cuestiones como las revistas del corazón, donde los lectores reconocían que en su barrio había historias reales más interesantes que las de la actriz de la telenovela. La pauperización de los medios gráficos y televisivos genera una pauperización del discurso y del producto. Lo que circula es berreta, por así decirlo, y el lector o televidente cree que él también puede hacer algo berreta”.

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Hasta no hace mucho tiempo, el Facebook era un espacio de encuentro virtual en el que convergían solo los estudiantes de Harvard. Pero la red se abrió a todos los mortales y hoy es un imperio en el formato de las redes sociales, con más de cien millones de usuarios alrededor del mundo que comparten fotos, gustos personales, información académica y laboral, y hasta se hacen amigos. Este primer objetivo de reclutar a los miembros de una universidad en un espacio común de pronto se transformó en un objeto de estudio sociológico. ¿Es una herramienta útil? ¿Sirve solo para contactarse con amigos, o esconde ese costado de vanidad personal en el que radica la necesidad de contar qué estoy haciendo o adónde me fui de viaje?

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