Vivir sin dulce de leche
Los argentinos que por decisión propia o necesidad tuvieron que emigrar a otros países convierten la melancolía por su tierra en una suerte de militancia inquebrantable. ¿Qué extrañan? ¿De qué manera se las ingenian para transportar los ritos rioplatenses hacia otras latitudes del globo?
Autora: Solange Levinton / Fotografías: Cortesía Facundo Bruchez
Son las 3 am en Beverly Hills, Los Angeles. Pablo Molinari (33) es argentino y desde hace cinco años es dueño de una brillante carrera en los Estados Unidos. Tiene un futuro económico promisorio, un matrimonio feliz y una expectativa de vida que jamás habría podido procurarse en la tierra que lo vio nacer. Sin embargo, desde hace varias noches, esta joven promesa rioplatense no logra conciliar el sueño, perturbado por un ataque de ansiedad que amenaza convertir su idílica realidad en una efímera quimera: “¿Conocen alguna buena panadería por acá? Toda la semana estuve fantaseando con un cañoncito relleno de dulce de leche. No aguanto más, me quiero morir”.
Este post, publicado en un blog para argentinos residentes en los Estados Unidos, para muchos puede parecer un tanto desmesurado. Pero esta particular muestra de patriotismo es tan solo uno de los tantos llamados desesperados que realizan aquellos compatriotas que, hijos de la crisis o de la oportunidad, tuvieron que emigrar hacia distintos puntos del planeta en busca de nuevos rumbos.
Tangueros de alma y nostálgicos por definición, los argentinos hacen de la melancolía una práctica que linda con el más simpático sectarismo. Y por eso, desde los rincones más recónditos del planeta, inundan el vasto mundo de la web donde, foros, páginas, Facebook y chats mediante, dan vía libre a una añoranza por las “argentinidades” más genuinas y -muchas veces- inesperadas.
¿Qué extrañan los que cruzan el charco? ¿De qué manera se las ingenian para transportar los ritos rioplatenses hacia otras latitudes del globo? Sorpréndase o siéntase identificado, lo que le suceda primero.
ARTICULOS DE NOSTALGIA
Ni la camiseta de la Selección, ni las mujeres más lindas, ni el Obelisco. Ni siquiera el mismísimo Diego Maradona. Es que el nacionalismo entendido en términos de folklore no se agota en la clásica lista de folletín que se hace de los argentinos con el mate como principal objeto de culto: evidentemente la abstinencia rompe con toda previsibilidad y da paso a las más insospechadas añoranzas de aquellos acaecidos “gauchos melancólicos” que están a miles de kilómetros de sus casas.
Tal es el caso de Pablo Rodríguez (26), que desde Suiza admite, sin ningún tapujo, que le cuesta sobrellevar los domingos sin ese “abrazo en la cancha con desconocidos transpirados”. O el de Mariana Anzorena (28), a quien se le pianta un lagrimón cada vez que se descubre por las calles de Santiago de Chile añorando el olor a asado que despiden las obras en construcción de Buenos Aires.
También están Daniela Keegan (32), que en Minnesota, EE.UU., sufre la falta de propagandas televisivas locales que debe suplir a través de You Tube; José Biset (37), es un cordobés desesperado radicado en Valencia que muere por escuchar el clásico grito del canillita que anuncia “diario La Voz, diario”; y Carlos Alfano (33), el porteño goloso que debe soportar con estoicismo la falta de kioscos para paliar sus antojos en las veredas de Ginebra.
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