Los juegos del poder

Los Juegos Olímpicos de China están muy cerca. Pero hoy se habla más del Dalai Lama, del Tíbet y de George Bush que de los candidatos en salto largo. Pareciera que el certamen de este año no ha hecho otra cosa que revivir conflictos que parecían resueltos. Pero la historia dice que las cosas no salen bien cuando se quiere tapar la política con el deporte.

Autor: Mauricio Moreno Martínez

El titular del 26 de junio pasado shockeaba: “Temen un atentado en las Olimpiadas”; otro, tres días antes, reflejaba: “En medio de los incidentes, la antorcha recorrió Australia”. Un tiempo antes: “China, dispuesta a aplastar a los separatistas”. O “Tíbet: ya son diez los muertos por las protestas”. Y como en toda grilla de titulares internacionales, él no podía estar ausente: “Bush desafió a China y se reunió con el Dalai Lama”.
Los Juegos Olímpicos de Beijing aún no empezaron pero ya causan problemas. Y no tanto por la infaltable Al Qaeda, cuya amenaza de atentados ya es la sombra de cualquier evento internacional; si no por lo que pasa entre China y el Tíbet, entre China y los mismos chinos, y entre China y el mundo. Aunque, hay que decirlo, esto de mezclar Juegos Olímpicos y política no es nuevo, es casi tan viejo como este evento deportivo. En la quimera quedó eso de los cinco anillos olímpicos como los cinco continentes, todos de la mano, bien juntitos, bien unidos, bien felices.
China, o mejor dicho el gobierno chino, quería organizar unas Olimpiadas tan colosales que el mundo entero quedase boquiabierto y empachado de esplendor. Hasta invirtieron sudor y yuanes (moneda local) en experimentos que les permitieran hacer llover cuando quisieran. Y lo lograron: en los días previos a la inauguración bombardearán las nubes con yoduro de plata y otras sustancias que, al reaccionar con vapor, producen lluvia. Así, tras los chaparrones, los Juegos arrancarán bien sequitos. Pero el mayor problema del gobierno chino para las próximas Olimpiadas no pasa por los caprichos del clima. Se trata de algo más profundo; un pasado no resuelto se impone con la vigencia de su reclamo. La provincia del Tíbet viene pidiendo su independencia desde 1959, y si algo lograron los inminentes Juegos Olímpicos fue poner esta problemática ante los ojos del mundo.
Además, Bush tuvo que salir a confirmar su asistencia y pareciera que todo converge sobre una antorcha olímpica que, pobre, se la pasa esquivando manifestantes furiosos en su peregrinación por el mundo. La Unión Europea condena al gobierno chino y amenaza con boicotear los Juegos y el gobierno chino responde que no interfiera. Por lo pronto Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional, salió a hablar desde la tranquilidad de una isla caribeña: “Un boicot no resuelve nada -dijo-. Al contrario, penaliza a atletas inocentes e impide a la organización armar algo que definitivamente vale la pena”.

DESEMPOLVANDO TENSIONES
Nada de esto debería escandalizar si se recurre a los datos históricos. Resulta que desde sus comienzos los Juegos fueron protagonistas involuntarios de episodios políticos, guerras, atentados y rispideces. Tanto que en muchos casos estos episodios hasta se convirtieron en el hecho sobresaliente de determinadas Olimpiadas. ¿Cómo olvidar los Juegos de Munich en 1972, donde fueron asesinados once deportistas israelíes a manos de un comando palestino? La triste celebridad de este acontecimiento hasta inspiró a Steven Spielberg para hacer una película: (Munich, 2005).
Lo de aquella vez fue terrorismo puro. Asomaba un nuevo día en Munich y ocho palestinos de la agrupación Septiembre Negro, camuflando pistolas y granadas en bolsas de deporte, intentaban escalar la verja de dos metros que rodeaba la Villa Olímpica. Fueron sorprendidos por competidores estadounidenses, pero estos los confundieron con deportistas que, como ellos, querían regresar a sus habitaciones luego de una jornada de juerga y les ofrecieron ayuda.
Los terroristas tomaron a los deportistas israelíes como rehenes. Exigían la liberación de 234 palestinos de cárceles israelíes y de dos más presos en Alemania. No habría aprobación; sí un fallido intento de rescate que terminó con la muerte de todos, menos tres de los ocho terroristas. Pero el show, una vez más, debía continuar: los Juegos se realizaron a pesar de la indignación de muchos.

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