Los ojos más azules de Texas
El 28 de junio de 1994, Diego Armando Maradona fue excluido del campeonato mundial de fútbol de Estados Unidos al dar positivo de efedrina en el control antidoping posterior al partido que jugaron las selecciones de Argentina y Nigeria. Los días que vivimos en peligro (Editorial Planeta) es una antología de cuentos que narran hechos que producen una conmoción colectiva y que funcionan como fisuras que ponen en cuestión el contrato y el relato sociales. En este fragmento, una historia atrapante sobre aquel día inolvidable.
Autora: Mariana Enríquez*
El teléfono de la habitación sonó a la medianoche. Martín lo escuchó desde su habitación, comunicada por una puerta con la que ocupaban su papá y su hermano mayor. El hotel tenía habitaciones con tres camas, pero entre todos habían decidido esa separación. A veces lo dejaban de lado en situaciones íntimas, como si supieran. Pero a Martín no le molestaba; estaba encantado de quedarse solo con la cama matrimonial blanca llena de almohadas, cuántas almohadas usaban los gringos, y el colchón ¡fabuloso!, no había colchones así en Argentina, él por lo menos nunca se había acostado sobre algo tan cálido y esponjoso, ni se había tapado con una colcha tan liviana y tan abrigada a la vez.
El teléfono lo despertó a pesar de que estaba muy cansado por el vuelo y se había dormido sin sacarse los pantalones. El grito de su papá lo despabiló del todo. Qué carajo decís, Mónica, por Dios. Vos estás segura. Si me estás haciendo una joda te reviento. A Martín lo sorprendió que su papá amenazara a su madre con reventarla: era bestia, pero no tanto. Debía estar pasando algo fuera de lo común. Se levantó rápido -notó un tirón en el cuello: se había quedado dormido en el avión en una posición incómoda- y abrió la puerta de la habitación de al lado. Su hermano estaba sentado, en calzoncillos, sobre la alfombra, con la boca abierta, entre medio dormido y muy sorprendido. Martín no pudo evitar mirarle con aprobación los músculos fuertes, un poco demasiado anchos, de los muslos.
-Qué pasa, qué pasa, repetía, y su padre lo mandaba callar con la mano mientras se aferraba al teléfono con las dos manos, como si necesitara ese apoyo para no caerse. En un momento ordenó ‘poné la tele, la tele’, y Martín buscó el control remoto que estaba sobre la mesa de luz y se lo dio. Su papá hizo zapping pero no parecía encontrar lo que buscaba. Cortó y tuvo que contestar los ‘qué pasa’ de Lucas, el menor, que seguía sentado sobre la limpísima alfombra marrón claro de la habitación del hotel Westin City, que estaba barato a pesar de que era cuatro estrellas y quedaba apenas a tres cuadras del Sheraton Dallas donde se alojaba la selección nacional.
-Dice tu vieja que allá en la tele dicen que al Diego le dio positivo el doping.
Viejo qué decís, qué decís, Lucas se desesperaba, ahora sentado en la cama al lado de su padre, golpeándose los muslos y diciendo que no con la cabeza como si le hubieran avisado sobre la muerte de su madre, de su hermana menor, de su novia. Martín vio que las manos de su padre temblaban, que la cara se le ponía roja y la vena del cuello palpitaba y pensó que le iba a dar un infarto ahí, en Estados Unidos, y él era el mayor, si pasaba algo tenía que hacerse cargo, pero no sabía cómo. A los diecisiete todavía nunca había usado una tarjeta de crédito, aunque su papá le había prometido una extensión para cuando cumpliera dieciocho. El zapping seguía pero la noticia del doping no aparecía. “Estos gringos pelotudos no entienden nada de fútbol” gritó su papá sin importarle que fuera de noche tarde y pudiera despertar a otros huéspedes del hotel. “Vístanse que nos vamos al Sheraton a averiguar”, les dijo, todavía muy loco. Lucas miró a Martín: “¿Será verdad lo del Diego?”, preguntó, y se iba a largar a llorar aunque seguramente no entendía lo que podía pasar si, en efecto, era cierto. Seguramente pensaba, creía Martín, que a Diego lo iban a suspender para el partido con Bulgaria, el que ellos habían viajado hasta Estados Unidos para ver. No podían quedarse mucho más tiempo, porque aunque ahora Estados Unidos resultaba barato, tampoco les daba el cuero para unas vacaciones largas. Nomás una semana: ver a la selección clasificar para octavos, ver a Diego jugar como había jugado con Grecia, increíble, ese grito re maldito a la cámara, conocer alguna otra ciudad (Orlando, casi seguro, o Los Angeles) y volverse a casa.
* La autora es licenciada en Periodismo y Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata y trabaja como periodista con el cargo de subeditora del suplemento de arte y cultura Radar del diario Página/12. Publicó dos novelas, Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004) y cuentos en las antologías La Joven Guardia (2006), En celo (2007), In fraganti (2007), entre otros.
ENCONTRA EL TEXTO COMPLETO EN EL LIBRO Los días que vivimos en peligro Y EN EL PLANETA URBANO DE ABRIL