Sin maquillaje

Vacaciones que jamás olvidaré

Autora: Marina Ponce

Vacaciones otra vez sola. ¿Por qué castigarme aún más y optar por destinos infames? Me voy a la mierda. Me voy a Hawaii. ¡Qué emoción…!, ¿qué habrá en Hawaii? No importa, yo necesito playa, sol, no pensar y hacer nada por un par de semanas. Allá voy.
Un año ahorrando para el pasaje para que en la fila de atrás del avión me toque una selección pedorra de basket juvenil con piernas kilométricas que no dejan de patearme los riñones cada vez que exhalan. Una dosis de púber testosterona importante que no me deja en paz: cada vez -y fueron muchas- que uno se levantaba, yo recibía paralíticas y/o terminaba tirándome encima el minivodka y los minipretzels.


Eso hubiera sido lo peor del viaje de no ser por el pequeño peceto llorón -el bebé más horrible que vi en la vida- que se encargó de recordarme lo boluda que fui al no haberme clavado un Dramamine antes de subir a la aeronave, pero para que mi odio no se dirigiese en su totalidad a una criatura inocente, de compañeras de asiento me tocaronn dos hipoacúsicas (sordas sería el término políticamente incorrecto?), que no dejaron de hablar ni cuando apagaron las luces. ¡Fue como presenciar un apareamiento de focas en el aire! Las turbulencias y aterrizar en el baño: detalles menores.
En el aeropuerto la recepción fue tan amable que no pude dejar de pensar/especular en cuánto tardaría en llegar el momento en que toda esa buena onda y amabilidad se les iría al carajo. La paranoia empezó de inmediato, junto con la provocación, la cara de orto retroactiva y la mala onda “por las dudas”.


Mi idea de Hawaii había sido siempre bastante básica e infantil: un pedacito de tierra flotando sobre el océano, dos palmeras y un par de seudojaponesas con guirnaldas en el cuello y polleras de flecos moviendo el culo. En lugar de un pedacito de tierra son 5 (o 7 ), pedacitos y -objetivamente- está lleno de palmeras y japonesas wanabe envueltas en guirnaldas llevando polleras con flecos y moviendo el culo. 
En el momento que en el aeropuerto descubrí el primer Starbucks supe que todo lo que había fantaseado acerca de la isla era simplemente eso: fantasía.
Subí al shuttle con destino a Waikiki y desenfundé el ipod. En menos de una hora en el aeropuerto de Honolulu ya había escuchado entre seis y siete veces Somewhere over the rainbow. Demasiado teniendo en cuenta que me quedaban 15 días en la tierra de Barack Obama.


Me propuse ir a buscar a Jack Johnson al Northshore con la idea de plantar una hamaca paraguaya (o hawaiana) y obligarlo a tocar la guitarrita para mí. Lo pensé mejor y planeé decirle que sería bueno para su carrera salir con una argentina. (Debería haber preparado una carpeta -de esas de folios transparentes- con recortes de revistas Caras y Gente, que muestren a la novia argentina de Al Pacino y a la de Matt Damon para apoyar mi speech?) “Fijate Jack que Robert Duval también pegó argenta. A otro nivel, Michael Bublé. ¿La tenés a Luisana Lopilato? ¿No? Bueno, no te perdés de nada (¡)…¿Y qué me decís de Own Wilson? ¿O de Matt Groening? ¡Esto garpa, Jack!”.
Entré al hostel, dejé las valijas y busqué en la cartelera una playa nudista. Es ahora o nunca -pensé- antes de que todo este esfuerzo de meses de gimnasio y dieta del hambre desaparezca entre mis arrugas futuras: me voy a la playa a hacer topless. Tal vez Little Beach no es un nombre muy feliz para una playa nudista, pero no es algo que me afecte directamente a mí. Así que a pisar fuerte. Luego me enteraría de que la playa nudista no estaba en Oahu, sino en Maui, una de las cinco islas, a media hora de avión.