Sin maquillaje: Nueve (media) lunas
La de la sopa, la del astronauta, la hiperproteica, la de la luna, la shock, la del té verde, la Scardale, la Atkins, la de Alco, la low carb, la taoísta, la antihambre, la de los puntos, la slow food, la detox, la disociada, la South Beach. Hice todas.
Probé con cremas, con el Reduce Fat Fast del gurú Jorge Hané, me inyecté “lipolíticos”, me hice masajes, drenaje linfático, meso y masoterapia. Me metí en la cápsula de ozono, me puse la bota, tomé pastillas, batidos proteicos, quemadores de grasa y hasta compré una faja... probé de todo.
Soy el ejemplo viviente del efecto Yo-Yo, el mayor desafío de un personal trainer, el casting perfecto para la escena en la playa de una película de Enrique Carreras del setenta y pico en Mar del Plata.
A pesar de todo mi esfuerzo, lo único que no puedo erradicar es la maldita adiposidad localizada en el abdomen. Tengo un depósito de lípidos que data del paleolítico, un ejército de okupas que se niega a abandonar las paredes abdominales de mi propiedad. Están cómodamente instalados, se aferran a mi estómago y por más que llore, patalee y me someta al más cruel de los ayunos, no consigo efectivizar el desalojo.
Pasé años culpando a mi madre por la mala genética, por las vitaminas que me dio a los 6 años para hacerme ganar peso y por haberme sometido dos años más tarde a la primera del centenar de dietas para adelgazar que hice a lo largo de mi vida. Pero ni todo el enojo del mundo ni años de terapia combatiéndolo van a cambiar mi realidad de gordita recuperada.
Mi infancia casi no tuvo kioscos: redescubrí las golosinas a los 30 años. Hoy por hoy mi gran adicción es La Vauquita. Aun pudiendo elegir y variar, cada “permitido” semanal yo lo traduzco en una mínima tableta de dulce de leche celestial. Todavía me resisto a la tentación de ese nuevo envase tamaño XL que llegó -como en su momento lo hicieron el Ricardito desde Uruguay y el Toblerone desde... ¿el freeshop?- para arruinarme la vida y evidenciar mi infelicidad.
Entiendo que, además de ser un peligro, ya estoy grande para jugar a la anorexia, así que tomo los dos litros de agua reglamentarios por día, no como fritos, llevo una dieta balanceada, rica en fibras, frutas y verduras, y hago ejercicio. Tengo el manual, ¡vamos!
Haciéndome cargo de mi situación, y sin caer en obsesiones adolescentes, accedí a la invitación de una amiga y la acompañé a una clase de prueba de Pilates sabiendo que esa disciplina no iba a funcionar conmigo ni con mi ansiedad. Yo necesito pegarle a algo, correr hasta no sentir las piernas, o hasta que me falte el aire. Necesito evidencias. Signos de que estoy efectivamente haciendo algo para deshacerme de lo que sobra. El sudor como prueba irrefutable. Cuando tuve la certeza de que iba a odiar cada minuto de esa clase, ya estaba sentada sobre el reformer (una cama). ¿Cómo voy a hacer desaparecer el cementerio adiposo si estoy acostada y apenas me muevo? ¿Cómo? ¡Si abrir una puerta corrediza exige más esfuerzo! ¿De qué “centro” me habla? ¿Qué hilo de luz? ¿Qué quiere decir con “vascular la cadera”? ¿Qué son las crestas ilíacas? Me vuelvo loca. Esto es un té canasta de señoras bien no permitiéndose sudar, escuchando Enya en estéreo, respirando fuerte. A ver si lo entienden: a Jennifer Aniston le funciona porque además de Pilates corre 10 km diarios, tiene masajista, personal trainer a disposición, nutricionista 24 horas y bandejitas con su vianda personalizada de 150 calorías.
SI TE QUEDASTE CON GANAS DE MAS SALI A BUSCAR EL PLANETA URBANO DE ABRIL