Sin maquillaje: Vasos vacíos
En contra de mis propios principios me impuse salir sin importar el clima, la compañía ni las distancias. Tenía que conseguir al menos una aliada para no bajarme yo misma de mi plan, para no hacerme trampa y obligarme a pasear. Arranqué haciendo una especie de casting de archivo algo desactualizado ya que la mayoría estaba casada, en concubinato o “redenovia”. Después de varias idas y vueltas pude reclutar a un par. La estrategia primordial consistió en citar a mis secuaces en un terreno neutral, no fuera cosa de que en una casa -ya sea de local o de visitante- termináramos como nerds viendo documentales, debatiendo si Cachafaz es mejor que Havanna, entrándole a una picada y al Gin Tonic al abrigo de una manta de telar boliviano. Nada de ir a cenar y después arrancar porque se sabe cómo termina: el vino tinto pega para atrás, por unanimidad se suspende la salida, y taza taza: la visita tiene sueño.
Un plan simple: ronda de bares para hacer lo mismo que haríamos encerradas pero sin pijama, rodeadas de gente, viendo rostros reales en lugar de personajes de Warner Channel. Si bien el espíritu de la salida nunca fue “de levante”, conociendo el terreno nos propusimos no ser la minita-mala-onda que espanta a base de cara de orto, sino que procuraríamos dar al menos una oportunidad de diálogo.
Ser parte de una mesa femenina no es fácil: hay que lidiar con más de un viejo gatero, con uno que otro tortón que apostó que te convertía y con mucho, pero mucho pelotudo. ¿Cuándo van a entender que decir bebé es lo menos y que además no hay evidencia de que semejante nickname haya derivado en sexo al menos una vez en las últimas cuatro décadas? Como dato curioso: mujer, muñeca, reina y bonita tampoco califican. Hay algo más molesto aún que ni siquiera se apoya en apodos vulgares y consiste en acercarse más de lo socialmente aceptable y mirar, solamente mirar. La situación es ésta: te acodás en la barra con tus amigas y, solo por ser mina, tratás de levantarte al barman, que aunque no te guste mucho es lo único que te llevarías del bar -además del vaso que metiste en la cartera. Empezás a sentir una presencia extraña, una respiración ajena y desconocida. Girás y apenas a 15cm de tu nariz tenés un tarado con gorro tipo Piluso imitación Burberry -en adelante “el observador”- mirándote fijo, como un stalker al que no le importa ser descubierto por su víctima.
And here it goes again...
El observador: “Diosa”.
Vos: “No flaco, llegaste 15 años tarde a los ´90. Volá.”
Entonces te tilda de histérica y empieza a los gritos:
El observador: “¿Pero quién te pensás que sos gorda pedorra? Tocá de acá, ¡forra!”
Todo bien que salgan de levante, pero vamos: tienen que perfeccionarse... ¿no hay workshops entre el fulbito con los pibes y la porno soft empezada en The Film Zone? No sé: “Cómo encarar minitas sin ser un rugbier boló” o algo así.
No es tan difícil, las mujeres somos de manual... el problema es que hay mucho vago que no se toma el trabajo de leerlo y sigue esperando que salga la película, el audiolibro. Es cantado que van a caer en errores de concepto:
-Aposté diez pesos con mi amigo a que tocabas un instrumento.
-La quena pelotudo, ganaste. Ahora... ¿diez pesos? ¡Ratón!
ENCONTRA LA NOTA COMPLETA EN EL PLANETA URBANO DE MAYO