Sin maquillaje En la ciudad de la Furia

Autora: Marina Ponce

 

La verdad es que tuve un día de mierda. Empecé por tomar un nuevo camino hacia el trabajo. “Hoy voy por…”, pensé haciendo ruido de ruleta de programa timbero de Sofovich. Clac clac clac clac: “Ciudad de la Paz”, dije y doblé a la izquierda. Diez cuadras después, un viejo pelotudo que venía pensando en el culo de turno que vio anoche ‘en lo de Tinelli’ se olvida que entre el embrague y el acelerador hay un pedal muy útil que acciona los frenos del vehículo haciendo que el mismo se detenga. Me bajo y soy una catarata de puteadas: “¿Quién te dio el registro, viejo del orto? ¡Mister Magoo! ¿Hay transporte público, sabías? Seguro que alguna vez viste uno, se llama co-lec-ti-vo. Hay de muchos colores ¿O además sos daltónico, geronte? El colectivo aparte de llevar pobres, transporta toda clase de ineptos como vos. Hacéle un favor a la sociedad y andá a vivir a un geriátrico ¡Dinosaurio mugriento!”.

Perdí media hora explicándole al ‘oficial’ que estoy tomando unas pastillas para adelgazar, que además de subirme la presión arterial me ponen un poquitito nerviosa, pero que de ninguna manera me iba a retractar de siquiera una de las verdades que le arrojé al extra de Cocoon. Con el baúl destrozado llegué al taller mecánico, pisé una bujía huérfana que rodaba por ahí e hice una demostración involuntaria de breakdance. Si bien zafé de una caída y una consecuente ruptura de cadera, al tratar de agarrarme de cualquier cosa para evitar quedar como una cucaracha moribunda, me engrasé no solo las manos, sino el inmaculado vestido primaveral de estreno, quedando mal parada ante cualquier desafío de la blancura que un actor con poco laburo pudiera proponer. Me sentí como esas minas borrachas que “quiebran” en un bar repleto de marineros alzados. Puse cara de orto y empecé a tirar de mi vestido hacia abajo, como intentando emprolijar la situación. Dejé las llaves de lo que quedó de mi auto y miré con cariño las vías del tren.

Llegué corriendo a la oficina y casi renuncio al enterarme que se levantó la reunión con la razón por la cual estoy ahí casi a las 9 de la mañana con un sobrio solero de emergencia comprado en un local de coreanos, al que hubiera entrado con un crucifijo y un racimo de ajos atados por una cinta roja. ¡El imbécil canceló por motivos personales! ¿Motivos personales? ¿Acaso hay una excusa más amplia y menos válida? ¿Razones de Fuerza mayor? ¿Qué? ¿Me hacés levantar de madrugada y me cancelás sobre la hora porque se te quemó la tostada? ¿Porque te quedaste en la cama 5 minutos más? ¿Te pintó ver una repetición de “Badía & Compañía” por Volver?

Entre enfurecida y aliviada por no ser vista en ese trapo de cuarta made in Taiwán dejé las cosas en mi escritorio y al abrir la notebook veo el desastre: 67 mails en la bandeja de entrada. En momentos así, me debato internamente entre llorar o empezar a destrozar el lugar a patadas y termino optando por lo sano: compras online.
Tengo un principio de úlcera que técnicamente no me deja tomar café, y como es vox populi en la oficina, me atajan en la puerta de la cocina y se ofrecen a prepararme ‘un tecito’.
-¡No estoy, lamentablemente, en Londres, ni jugando a la canasta ni tengo 60! ¡Pedime un capuccino por favor!

 

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