Teoría posmarxista de la infelicidad
Emecé Editores lanzó la antología Historias de mujeres infieles con relatos de catorce escritoras argentinas que revelan desde la ficción los secretos y las armas de la infidelidad femenina. Aquí una de esos cuentos que seguramente las mujeres recorrerán con una sonrisa, y los hombres, quizá con preocupación o comprensión.
Autora: Cecilia Pavón
Texto
Todo lo que escribo me lo han narrado mis amigas. Yo no viví nada de esto. Nunca estuve casada ni tuve amantes ni flirteé por Internet ni seduje a nadie en una discoteca ni en ninguna otra parte. Desde muy chica supe que mi vida iba a estar consagrada a la escritura y que por esa razón yo nunca iba a tener una vida sentimental normal. Pero el mundo cambió muy rápido y de la noche a la mañana ya nadie tuvo una vida sentimental normal, razón por la cual yo dejé de ser rara y me transformé en una de las cientos de miles de personas que habían renunciado al amor de pareja. Así la vida se hizo más lenta. O más rápida: a esta altura de los acontecimientos me es imposible decidirlo. Y en esa lentitud -o en esa velocidad-, que era blanda como un edredón de plumas usado de paracaídas, me dejé caer. Y caí…caí, caí, caí, como en una publicidad de chocolate. E inmediatamente el edredón retomó su función original y me envolví en la calidez de ese nido, y ahí me quedé para siempre: en mi casa, o en la literatura, que eran casi equivalentes, porque entre las paredes de mi casa vivían y revivían las palabras de los otros. Y la mejor literatura, sin duda, no está en los libros sino en la vida de los otros.
Todo lo que mis amigas me cuentan me parece interesante, se trate de amor o no. Aunque la mayoría de las veces sí se trata de amor, porque, ¿de qué otra cosa se puede hablar?, ¿existe algún otro tema de conversación que no desemboque siempre en ése? Tal vez la política, pero ya nadie le encuentra sentido. Desde el suave vaivén de una mecedora de haya que heredé de mi abuela en la época en la que el combustible todavía alcanzaba para mover el mundo, observo la ciudad y hablo por teléfono. Así paso los días, y soy feliz. Pero es una cuestión de originalidad, tampoco en este aspecto soy muy distinta a casi todo el resto de la humanidad. La verdad es que mucho más que conversar no hay para hacer (además de enamorarse, claro está). La energía del mundo se está terminando y todo cambia con la velocidad de un huracán. Quedan muy pocas industrias, por ejemplo, y ya no existe el mercado de trabajo. Aunque todavía tenemos los objetos de la era anterior, somos conscientes de que cuando éstos se deterioren y dejen de cumplir su función no habrá posibilidad de reponerlos, con excepción de todas las herramientas utilizadas para comunicarse con los otros. El gobierno mundial ha decidido que hasta que se descubra o invente alguna fuente de energía alternativa, con los barriles de petróleo que quedan solo se producirán computadoras, celulares y satélites.
Y a través de computadoras, celulares y satélites fluye sin barreras el amor. Esto es lo más lindo del futuro, porque no solo la falta de plástico ha cambiado el mundo, la transformación más notable se ha producido en la vida sentimental de las personas. Ya nadie quiere casarse, por ejemplo, ni tener hijos (y por esta razón, yo, que nunca me casé, no soy un bicho raro, como ya dije, sino más bien alguien completamente normal). Y si alguien decidiera casarse tampoco podría, porque el Estado ya no es garante de este tipo de asociaciones. Nadie sabe muy bien cuál es la conexión exacta entre estos dos hechos (porque ya no existen las ciencias sociales), pero la industria ha desaparecido llevándose consigo el matrimonio. No existe en las personas el deseo de que su vínculo perdure para siempre y sí el de cambiar, expandirse, deambular. De este modo, las parejas duran en promedio unos dos años y medio, lo que, por otra parte, los científicos han decretado como la norma desde el punto de vista biológico.
HAY MUCHO MAS PARA LEER EN LA EDICION ENERO/FEBRERO DE EL PLANETA URBANO.